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| El Estado francés nació de la revolución, y por lo tanto de la instauración de una voluntad por encima de la naturaleza. Ante la naturaleza herida por el pecado caben dos alternativas: o bien intentar doblegarla por la voluntad, o bien que la sane la gracia. Los esfuerzos porque sea la voluntad la que reconduzca el desorden introducido en la naturaleza, conducen necesariamente a un desorden mayor. De hecho, se considera que para evitar los efectos consecuencia de una naturaleza herida por el pecado, podremos substraernos a su influjo posibilitando males mayores. Es lo que pretende la última ley francesa, al permitir el acceso al aborto a las menores, aún sin permiso paterno.
Cualquiera que analice el hecho se dará cuenta de algo profundamente macabro. La ley obliga a escolarizar a tus hijos, y la escuela les enseña a desobedecerte. La voluntad niega la naturaleza sublevando el orden de las voluntades de las pequeñas respecto de las de sus padres. De hecho, la lógica desesperada del mal es consecuente. Nadie puede matar a su hijo si antes no asesina a su padre. Si tú no te emancipas de tus progenitores, de manera que tu entrada en el mundo se deba a una casualidad y no a un acto generativo (natural) que es necesario para lo único verdaderamente volitivo (que es el amor que Dios tiene a cada persona, y por ello crea un alma individual), no puedes pensar que aquel que llevas dentro no tenga nada que ver contigo. El tener que ver indica sólo la existencia de un vínculo de responsabilidad, y en ningún caso la disponibilidad absoluta respecto de él. El imperio de la voluntad bien llamada general, porque no corresponde a nadie en particular, y claramente ideada en contra de la voluntad de Dios, que es a la que pueden enfrentarse o adherirse las voluntades individuales, necesita para su imperio introducir el desorden de la promiscuidad. No es que eso se busque exactamente como un bien, pero sí como un medio. Es un hecho que se necesitan guardias de seguridad a la entrada de las discotecas, pero no de los cines ni, por supuesto, de las iglesias. El caso francés es claro. No se hacen leyes así si existe el deseo de cambiar algo. Las leyes del divorcio, del aborto, de las parejas de hecho nacen no para sancionar un delito, sino para confirmar una situación. No se hace una ley para proteger a las adolescentes, sino para asegurarse de que las adolescentes abortan. Ello no responde necesariamente a una mentalidad antinatalista (contra la vida biológica), sino más bien a un deseo de poder controlar aquello de lo que siempre se acusó a la Iglesia por su insistencia sobre el sexto mandamiento. Aunque, dada la situación, mejor parece pensar que la tan traída insistencia eclesial formaba parte de la precampaña para poder introducirse en algo tan personal como son las relaciones sexuales. David Amado |