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La intención de oración se adapta bien al mes de diciembre, en el que celebramos el nacimiento de Jesús. El Hijo de Dios se hizo hombre, en todo como nosotros, excepto en el pecado, exponiéndose así a ser también víctima del mal. De hecho, desde su niñez, hace su experiencia dolorosa y trágica: buscado para ser matado, es obligado a abandonar su patria e ir al exilio. Otros inocentes son matados, primeros mártires que le dan testimonio, no con palabras, sino con la sangre. El Maestro quizá piensa también en esto cuando proclama que el Reino de los cielos pertenece a los pequeños, y condena a quienes los escandalizan.
No es de hoy la violencia contra los niños, pero ciertamente ha asumido en nuestro tiempo formas y proporciones desconcertantes. En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1996, que tenía por objeto los niños, el Papa recordó los muchos males de los que son víctimas. El cuadro que traza, aun no queriendo ser completo, es impresionante, e invadido por un sentimiento de dolor e indignación que obliga a reflexionar y a responsabilizarse. En primer lugar, las guerras. Los niños heridos y asesinados son millones en años recientes: una verdadera masacre. Niños que son incluso objetivo de francotiradores; niños mutilados gravemente o, a causa de conflictos, sistemáticamente perseguidos, violentados, eliminados por las limpiezas étnicas; niños obligados a ser protagonistas de guerras, contra su voluntad, con intimidaciones o lisonjas de todo tipo. |
| RESPONSABILIDAD Y EMPEÑO
Frente a tales monstruosas aberraciones, ¿cómo no alzar la voz para una condena unánime? El asesinato deliberado de un niño constituye uno de los signos más desconcertantes del eclipse de todo respeto a la vida humana. El Papa alude también, con evidente amargura, a la violencia que se consuma dentro de la familia: Se trata de episodios no frecuentes, pero es importante en todo caso no olvidarlos. Sucede a veces que, entre las mismas paredes domésticas, y precisamente por obra de personas en las que sería justo poner toda confianza, los pequeños sufren prevaricaciones o violencias con efectos devastadores para su desarrollo. El tenebroso cuadro apenas delineado no abraza ciertamente toda la realidad. El mundo de los niños conoce también alegría, serenidad, inocencia. La prueba evidente se encuentra en la prontitud espontánea y libre con la que los niños responden a las propuestas de todo lo que es bueno, bello, generoso. Hay en ellos una tendencia natural a la vida auténtica, feliz, pura. Es necesario captarla, respetarla, favorecerla, para hacer posible el desarrollo de todas las potencialidades que encierra. En esta dirección deben moverse la responsabilidad y el empeño de todos, individuos y organismos a varios niveles, haciendo seguir a las palabras los hechos. Las Declaraciones de los derechos de los niños, a nivel internacional, abundan: de la primera Carta para la infancia emanada por la Sociedad de Naciones en 1924, hasta la de las Naciones Unidas en 1959, y las de la Convención de 1989. El Año Internacional del Niño (1979) relanzó la atención sobre las cuestiones de la infancia y movilizó estrategias para afrontarlas. Muchos son los organismos que trabajan actualmente en la defensa y promoción de los derechos de los niños. Al mismo tiempo, sin embargo, se han multiplicado las situaciones de riesgo y se han difundido nuevas y más graves formas de abuso: una situación que parece crear una condición global de violencia contra los niños. Por eso, el discurso debe ir a la raíz del mal: no reconocer la dignidad de la persona ya presente en el ser humano desde su concepción y, por consiguiente, el derecho fundamental que debe ser respetado y ayudado en su pleno desarrollo con una adecuada educación, y ser defendido de todo lo que bloquea o compromete tal crecimiento. Bajo esta luz se evidencian las responsabilidades primarias de instituciones y personas que están en contacto cotidiano con los niños, y el camino obligado para su formación: familia, escuela, sociedad. En cuanto a la sociedad, se recuerda que, para ella, los niños no son un peso, no instrumentos de ganancia, ni sencillamente personas sin derechos: son miembros valiosos del consorcio humano, del que encarnan las esperanzas, expectativas, potencialidades. UN SIGNO DEL REINO
No basta, pues, elencar los derechos de los niños, o los abusos a los que son sometidos: hay que trabajar para actuar los primeros y vencer los segundos. Alejados de la violencia y formados para la paz, serán a su vez artífices de una Humanidad nueva, más justa y fraterna. En tal tarea corresponde a la Iglesia un papel primario y, más concretamente, a la comunidad eclesial local. Ella tiene un modelo en el que inspirarse, Jesús, que trajo novedades radicales, también en el modo de ver y tratar a los pequeños. Jesús ve a los niños a su alrededor y se indigna cuando los discípulos quieren alejarlos. Y después de decir: Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque a quien es como ellos pertenece el reino de Dios, los toma en sus brazos y les impone las manos para bendecirlos: palabra y gesto proféticos. En su situación de dependencia, los pequeños invitan a la gratuidad, que es el único requisito exigido para acoger el Reino. Siendo los niños sus destinatarios, indican el único camino por el cual se accede al Reino, que es el don que el Padre nos hace en Jesús, y no puede ser recibido sino como don. Del mismo modo hay que recibir a los niños, que son un don grande y delicado. El modo de considerarlos y tratarlos es el mismo con que debemos ver y esperar el reino de Dios. Agencia Fides |