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Un chico contempla la escena. No puede oir y piensa: Deben de ser miembros de una familia que se quieren mucho y algunos se van lejos. No ha leído la prensa, y no sabe que esos días se ha celebrado en su ciudad el I Congreso internacional de televisiones y productoras de inspiración católica. Y que los que se están despidiendo, con el mismo afecto hondo que los demás, son algunos de los participantes cuya salida es más tardía. Pero su pensamiento es completamente acertado: ha sido un Congreso muy, muy especial.
El que esto escribe lleva ya bastantes a sus espaldas y en ninguno se había dado una unidad, una amistad tan sincera y profunda. Gentes de Argentina, Bélgica, Bolivia, Bulgaria, Costa Rica, Irlanda, Italia, Lituania, Reino Unido, Rusia, Venezuela..., y de diversos lugares de España. Algunos monjes, varias monjas, un sacerdote secular y muchos laicos, casados y solteros. Profesores de varias Universidades, estudiantes que ejercían de traductores y ayudaban, sonrientes y eficaces, en diversas tareas organizativas, políticos honrados, responsables de incipientes televisiones y productoras, habíamos compartido conocimientos y experiencias, momentos de oración y de participación en la Eucaristía diaria, tiempos de ocio y descanso, y tertulias animadas... Con un único fin: cómo ser mejores instrumentos en la tarea de la nueva evangelización, a través de ese medio tan poderoso que es la televisión. |
| LAMENTARSE, NO
No se malgastó el tiempo en estériles lamentaciones. Ni en invectivas contra la telebasura que nos invade. Se intentó construir. En las conferencias se habló de la cultura de la imagen en los albores de la predicación cristiana; de los medios de comunicación, una urgencia para el anuncio del Evangelio: de una nueva evangelización y un nuevo lenguaje para una nueva cultura; de la televisión católica, una alternativa solidaria; de nuevas perspectivas para una nueva programación de televisión; de una nueva visión de la producción de programas de televisión; de el cine en el marco de una televisión católica; y de la televisión en los diferentes procesos de cooperación y desarrollo internacional. En resumen, las ideas y criterios más relevantes y compartidos por todos han sido: - que la imagen, acompañada de la palabra contextualizadora, ha sido, es y seguirá siendo un valiosísimo instrumento de evangelización; - que es urgente crear nuevos medios que den a conocer y expliquen adecuadamente el tesoro de la fe católica y, desde ahí, la moral que la sigue; - que los lenguajes deben integrarse interactivamente, y adecuarse a las características propias del medio y a los contextos reales de cada país o zona; - que la perspectiva con la que hay que enfocar la realidad es la que Juan Pablo II ha ido marcando en su fecundísimo pontificado; - que, para hacer todo eso y salvar todos los obstáculos, contamos con la ayuda de Dios, que cuenta necesariamente con nuestra oración confiada y constante, con el esfuerzo de nuestra sólida preparación profesional, y con que nos ayudemos los unos a los otros. Este último punto fue el más glosado en las homilías, incluída la del obispo diocesano, el último día, en el marco maravilloso de la iglesia de Santa María de la Paz, en el monasterio de la Fraternidad Monástica que nos acogió a todos con sencillez y humildad. Esas mismas virtudes se pusieron de manifiesto en las exposiciones de las experiencias de las diversas televisiones y productoras presentes: la pequeña cadena boliviana que, con medios paupérrimos, hace una maravillosa tarea de alfabetización y catequesis a través de dibujos animados, realizados por un maestro y su hija pequeña; ese canal argentino que ha nacido y se está desarrollando gracias a que un padre de familia con nueve hijos ha hipotecado su casa, con el consentimiento alegre de su mujer; esa cadena italiana dependiente de la Conferencia Episcopal de ese país, donde ya trabajan 70 profesionales laicos con una programación de gran calidad, que incluye los variados géneros televisivos; la extensión por todo el mundo de esa red nacida de la poderosísima fe de una monja norteamericana, en la que ya colaboran cientos de personas de muchos países; esa productora rusa cuya representante está haciendo ímprobos esfuerzos para aprender todos los idiomas posibles y ver así qué tipo de programas son los más adecuados para la evangelización de su país; el no menos ímprobo esfuerzo de ese simpático y bonachón costarricense por hacer que la señal de su cadena católica llegue a todos los rincones de un país tan quebrado; la profesionalidad de los lituanos, que ya hacen seriales con una exquisita sensibilidad; la creatividad y el buen humor de la nueva serie de la televisión de nuestros acogedores anfitriones... Era para dar muchas gracias a Dios por tantas cosas. Así lo comentaban en animado diálogo dos de los participantes. Y también que había que llenarse de esperanza en el futuro, pues esto, decía uno de ellos, no ha hecho más que comenzar. Dios está empeñado y se realizará, afirmaba con firmeza... Y, tras una pausa, concluía: Al menos que lo estropeemos por falta de santidad, es decir, por querer figurar nosotros y no buscar solamente la gloria de Dios, el bien de las almas. Yo entonces decidí que, cuando escribiera esta crónica, no pondría nombres propios. Sé que cuando los participantes la lean lo agradecerán. Gabriel Galdón |