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Un día cualquiera, a una hora cualquiera. Un paso de cebra y un semáforo. Es la gran ciudad. Mucha gente con prisas, cada uno a lo suyo; y, de repente, la estampa cotidiana: una mujer que se acerca a los viandantes para intentar ganar un poco de dinero para mantener a su familia. Bueno, mantener
, para alimentar a sus hijos y a sí misma. La gente pasa de ella. Todos tienen tanta prisa..., y, además, no se fían mucho de dar dinero en la calle. Quién sabe quién es esa mujer, o para qué lo querrá. O incluso qué nos puede pasar si sacamos la cartera para darle unos duros. Y, además, eso significaría pararse, perder tiempo, llegar tarde a cualquier lugar
Y, de repente, se oye una voz con sonido triste que dice Por amor de Dios. La gente no se para. Pero seguro que ese lamento triste ha penetrado en el corazón de muchos de los apresurados caminantes, que lo irán meditando en su corazón. Y es que todavía se apela a la caridad invocando el nombre de Dios. María Dolores Gamazo |