RetrocesoA&ONº 234/16-XI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXXIII Domingo del tiempo ordinario
Aprended de la higuera
Pocos evangelios han sido tan manipulados como éste por quienes se sienten profetas de los últimos tiempos con cálculos y vaticinios que, al final, dejan intacto su misterio. Y pocos evangelios han puesto en evidencia y ridículo a estos falsos profetas como éste en el que Jesús sólo pretende mantener en vela a sus discípulos, atentos al momento de su venida. ¿Por qué habrá todavía cristianos que especulan sobre la hora final, si el mismo Cristo dice que sólo la conoce el Padre? ¿Por qué ansiamos revelaciones que pertenecen al silencio de Dios? ¿Por qué no nos contentamos con esperar despiertos al Señor?

¿Cuándo será y cuál será la señal? habían preguntado los discípulos al Señor al comienzo de este enigmático discurso, en el que Jesús anuncia la destrucción del templo de Jerusalén. Sobre el cuándo, Jesús es categórico: sólo el Padre lo sabe. Sobre la señal, Jesús se ajusta a la enseñanza de la higuera: su ciclo nos recuerda que el tiempo está siempre a punto de cumplirse. Si observamos los signos de la higuera, miremos también —viene a decir Jesús— los signos de nuestra historia, siempre en trance de llegar a término. Ésta es la verdad definitiva: el cielo y la tierra pasarán, las palabras de Cristo no pasarán. Y estas palabras nos sitúan sabiamente en la incertidumbre de lo cierto. Hay algo cierto: Cristo está siempre a la puerta, llamando, como dice el libro del Apocalipsis. Su venida última acontece, para cada hombre, en el día de su muerte. Ése es el final cierto, incontestable, de la vida. ¿Por qué me preocupa el fin del mundo y me desentiendo del fin de mi propia vida temporal, el día incierto de mi muerte? ¿Por qué pido signos para conocer lo que llevo dentro de mí, la muerte cierta?

Mientras el mundo exista, no dejarán de suceder los signos de los que habla Jesús, fruto de la locura y barbarie de los hombres: guerras y odios, desolación y muerte. Es la cara oscura del pecado que asola la tierra y sumerge a los creyentes en la duda de la victoria final. La destrucción del templo de Jerusalén se repite cada vez que el bien es ultrajado y pisoteado por la Bestia que quiere implantar su dominio sobre el mundo. No os alarméis, todavía no es el fin, dice Jesús, consolando a los elegidos. El fin es la venida del Hijo del Hombre con poder y majestad, como Señor de la Historia que viene a reunir en torno a sí a los elegidos. Es preciso velar, resistir a la tentación del sueño, porque la palabra de Cristo —eso es lo cierto— no dejará de cumplirse, como las yemas de la higuera que anuncian el verano.

+ César Franco