RetrocesoA&ONº 234/16-XI-2000SumarioEn portadaContinuar
La enseñanza a debate: II Congreso Católicos y vida pública
Es esencial desarrollar la dimensión
pública de la fe
Educar para una nueva sociedad es el lema del II Congreso Católicos y vida pública, que este próximo fin de semana
se celebra en Madrid. Dada la evidente trascendencia del tema, el Congreso, obviamente, no va a pasar inadvertido
ni va a dejar a nadie indiferente. Lo comentamos con don Alfonso Coronel de Palma, Presidente de la Asociación Católica
de Propagandistas y de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU que coordina y acoge el Congreso
Usted es consciente de que este Congreso ha suscitado, y seguirá suscitando, algunas suspicacias y malinterpretaciones. Sabiendo eso y seguramente habiéndolo previsto, puesto que lo común con los demás Congresos y con las demás Universidades está claro, ¿qué sería en los principios y en la enseñanza de una institución como ésta y de un Congreso como éste lo diferencial, lo específico?

Yo creo que el Congreso sigue con el mismo objetivo del año pasado, y esperemos que de próximos Congresos: se trata esencialmente de buscar un foro común donde, primero, las personas que profesan la fe de la Iglesia puedan encontrarse; segundo, discernir sobre temas de actualidad; y, tercero, no renunciar a la dimensión pública que tiene su fe, su vivencia de la fe, que sigue siendo motivo esencial de vida, razón de ser.

Ésa sí que es una primera especificidad contra corriente.

Sí, lo es. ¿Eso produce, obviamente, ronchas? Claro que sí; yo creo que hay gente, de unos y otros sectores, que parece empeñada siempre en que los católicos no puedan sentarse pacíficamente a debatir sobre temas de la vida pública, e, incluso, que no puedan hablar de temas de la vida pública por la fe, por la razón. Lo específico de este Congreso es que hemos querido tocar el tema de la educación, un tema esencial hoy en día. Y hay que plantear muchas cuestiones, muy concretas y específicas, a todos los católicos interesados en el mundo educativo, desde los padres de familia a los docentes; desde la libertad de educación, cómo hoy se vive la libertad de educación en un país como España, hasta a quién le corresponde o quién tiene el derecho a educar; el papel esencial de la familia en la educación, o cómo vamos a afrontar el futuro del hecho de la educación, desde la pluriculturalidad que se está empezando a generar.

Sobre todos estos temas creemos que debe hablarse, y que debemos definirnos claramente los católicos.

LOS EJES DEL CONGRESO


Es muy interesante tener el programa del Congreso a la vista, porque se comprueba que Educar para una nueva sociedad es el título; pero es que, encima de ese título, hay otro que dice: Católicos y vida pública. ¿Cuáles van a ser las principales ideas-eje del Congreso??

Me parece que muchas veces, sin querer, hablamos de educación pública y privada en términos que son contradictorios para lo que la gente quiere comprender. Yo, por ejemplo, he dicho muchas veces de esta institución, la Universidad San Pablo-CEU, que, si se refieren a sus fines, es tan pública o más que cualquier institución considerada pública, porque su fin es un fin social: trabajar para la sociedad española, y lo hace desde esa perspectiva; y, además, incluso, si por público se entiende el ánimo o no de lucro, ésta es más pública que cualquier otra, porque no existe ningún ánimo de lucro en la realización de su actividad, al ser una Fundación.

Si lo que queremos entender por privado es la fuente de financiación, pues es cierto; pero yo digo, en ese sentido, que qué pena ser privado. A mí me encantaría que se estableciesen otros métodos de remuneración para que las iniciativas sociales o la educación de iniciativa social pudiese tener otra forma de remuneración. Por eso creo que se trata de distinguir cuál es la finalidad de la institución; en ese sentido, además, yo creo que casi toda la educación católica de hoy, bien sea de padres que se dedican a ello, o bien sea de otras fórmulas asociativas, no tiene ánimo de lucro alguno y lo que quiere es poder cubrir realmente un espacio educativo; por lo tanto, tiene una naturaleza propiamente pública. Fundamentalmente lo que hay que reivindicar es una educación de iniciativa social que, a veces, cubre tanto como pueda cubrir la educación que tiene financiación pública. También lo digo, con toda legitimidad, de otras formas de educación que puedan tener o no fines de lucro, que son también totalmente legítimos.

Luego hay otro eje muy importante: el tema de la libertad de educación; es un punto esencial, que va a dar lugar a un debate, yo creo que muy amplio. En España tenemos una educación de corte napoleónico, que hemos aceptado y, por tanto, de corte estatista. Aceptamos plenamente que le corresponda a un Ministerio decir cuáles son los planes de estudio y cuál es la formación; se acepta que casi lo que hay realmente es derecho a establecer un centro educativo más que derecho a educar libremente, porque está tan absolutamente reglado, está tan sometida al poder la educación, que los márgenes de actuación son mínimos, y esto se da tanto en la educación básica, como en la secundaria, en la universitaria y en la profesional.

TÓPICOS CON LOS QUE ACABAR


Lo que tendría, pues, el Estado es la obligación de atender al derecho que tiene la gente a ser educada libremente…

Exactamente; pero se acepta que tiene que haber unos planes de estudio reglados, y entonces se traslada casi a un debate político si tiene que haber Humanidades o no Humanidades, en vez de, a lo mejor, reconocer esta iniciativa social para educar de una manera que establezca unos mínimos de garantía en cuanto a educación de las personas, dotándola de más libertad. Hay que discernir, de una vez por todas, sin miedo alguno, sobre la libertad de educación y en qué consiste y cómo es, que para nada es ir contra la necesaria función estatal, de carácter subsidiario, que consiste en cubrir con sus medios la educación en aquellos lugares a los que la sociedad no puede llegar. Esto no es ir en contra de los centros de titularidad pública donde tenga que haberlos. Hay que reivindicar claramente esto, que es uno de los ejes clave de este Congreso: que se debata y que caigan muchos tópicos que están ahí.

Hay otro eje, también muy importante, que es a quién corresponde el derecho a educar, tan esencial como la libertad educativa para todo sistema educativo. ¿Corresponde a los padres; corresponde a la familia; corresponde, cuando es mayor de edad, al propio discente; o es un derecho que, por elevación, corresponde a otro? Aquí aparece el derecho que tiene la Iglesia, que le es propio porque es una sociedad de orden natural y sobrenatural conjuntamente, y, por tanto, tiene un derecho natural a educar junto al derecho natural que tienen los padres. Éste es otro de los temas que yo creo que hay que debatir plenamente, y ver si se está respetando este derecho o, muchas veces, bajo una u otra fórmula, a la familia y a la Iglesia no les es plenamente reconocido este derecho, o se les veta; o se les quiere, a veces, por medio del poder, quitar o hacer variar.

Y hay otro tercer punto que yo creo también importante: cómo se plantea la educación en la sociedad plural, cuáles son las formas más adecuadas para que ésta se lleve a cabo, cómo se respeta a las minorías culturales en plena integración con las mayorías; al fin y al cabo, es plantear seriamente la educación del hombre desde la perspectiva más antropológica. Es bueno que, desde nuestra condición de católicos, lo abordemos realmente, porque creo que es trascendental.

Los dos últimos ejes sobre los que girará el Congreso son, por un lado, todo ese mundo nuevo, mediático, de la Sociedad de la Información; qué papel juegan ahí la educación y los educadores, que yo creo que es un debate también vivo; y, por fin, el siempre eterno tema de la formación humanista; qué lugar ocupa la formación en virtudes o en valores. Son temas muy candentes. Éstas serían las cinco partes esenciales del Congreso, que quieren ser específicas.

CHEQUE ESCOLAR, ¿SÍ, O NO?


Hay un aspecto, que sin duda es consecuencia de esto, y que se va a plantear… ¿En qué medida le parece el cheque escolar una propuesta, precisamente, de subsidiariedad?

Es un punto en el que sé que va a haber un gran debate en el Congreso. Yo voy a dar mi opinión, respetando plenamente la de otras personas, tan legítima como la mía. Me gustaría que apareciese muy claro: yo soy, cien por cien, partidario del cheque escolar. ¿Por qué?… Porque yo soy, cien por cien, partidario de que, si el Estado toma la decisión de que hay que subvencionar a determinadas personas la educación, se les subvencione a ellas, y no a las instituciones; pero se les subvencione a ellas en el sentido de darles los medios económicos necesarios, tanto para poder estudiar como para poder cubrir la parte de su vida que dedican a la educación: que ellos sean los que elijan a qué centro de iniciativa social quieren acudir, me da igual cuál fuere la titularidad, pública o privada.

Creo que el cheque escolar sería una medida absolutamente progresista, por decirlo en la terminología de moda, porque lo que se está empezando a subvencionar realmente es al educando, a la persona que tiene el derecho y la obligación de educarse, y no a instituciones; por tanto, no se utiliza la financiación como un instrumento para mantener instituciones —a veces, para hacer política con ellas—, sino que se está dotando al individuo de medios. Además, estoy convencido también de que se podría lograr una gran calidad, y seguramente los medios económicos para satisfacer esta pretensión no serían mayores; incluso se evitaría un gasto de Estado. A título particular, pues, tengo que decir que sí, que creo plenamente en el cheque escolar. ¡Cuidado!, el cheque escolar que tiene que llegar hasta la formación universitaria, el cheque completo. Voy a poner un ejemplo que hoy se da, y nadie lo dice: hoy, a una Universidad pública puede acudir el hijo de un multimillonario y ocupar una plaza pagando una cifra ridícula, porque se está subvencionando a la institución; y, sin embargo, es muy posible que, a la vez, a una persona muy necesitada de un pueblo apartado, que tiene que trasladarse a una capital, que necesita dinero, le cueste muchísimo, o le resulte muy complicado.

Cuando se financia a la institución, no se financia realmente al educando. No pongo en duda que los hijos de multimillonarios paguen impuestos, pero lo que estoy diciendo es que sería mucho más social que el Estado dote, de verdad, con los medios necesarios, a través del cheque escolar, a aquellas personas que —por criterios tanto de capacidad como de medios, o sólo de capacidad, el criterio que considere el Estado— lo merezcan o necesiten. Y sólo en aquellos lugares donde no haya educación e iniciativa social, es donde yo entiendo que el Estado se tiene que plantear que las personas puedan hacer efectiva la educación. Insisto, es una opinión muy mía en la que creo, porque la considero la más social y la más justa; sobre todo, la más justa.

ENSEÑANZA Y FE


A partir de san José de Calasanz, a quien se considera el fundador de la escuela moderna, la Iglesia ha tenido una larguísima tradición en instituciones de enseñanza. ¿Cuál es el diagnóstico o la radiografía que haría sobre la enseñanza, la vieja funcióno o misión de la enseñanza? ¿Cómo están cumpliendo esa función las instituciones eclesiales?

Hablar en general tiene el riesgo de generalizar; en primer lugar, todos nos movemos dentro de limitaciones; insisto, porque los planes de estudio vienen determinados, porque lo que hay que decir —y hasta los libros de texto— viene casi determinado. Y ahora que se habla tanto de la censura, el nihil obstat es efectivo, se está produciendo, sólo que ahora no lo da un obispo, sino que lo da un ministro o un Secretario de Educación, o a quien le competa jerárquicamente. Pues, dentro de toda esa limitación, muy importante, hay datos recientes de que la calidad de la que gozan la mayoría de las instituciones religiosas, tanto en la enseñanza escolar como en la universitaria, está mucho más que contrastada; es decir, son una garantía, primero, en cuanto a la propia calidad académica, y, luego, yo creo que también se sigue educando con una mayor trascendencia y atendiendo a todos los ámbitos de la persona, porque educar no es solamente alcanzar un grado de calidad académica o la especificidad profesional, sino atender a la formación integral de la persona. Es verdad que habría que ir analizando institución por institución. Algunas son desiguales; otras pueden sufrir mayores problemas, como la falta de vocaciones adecuadas para poder atender a sus centros; pero eso ya sería un análisis muy particularizado de cada una de ellas.

Permítame que le haga la pregunta de un lector de nuestro semanario confesional católico, a raíz de las recientes reuniones sobre los Acuerdos Iglesia-Estado: ¿A qué se debe que, en una sociedad como la española, 80-85 de cada 100 padres pidan para sus hijos la enseñanza de la Religión y luego se desentiendan del seguimiento de cómo se lleva a cabo eso; y a qué se debe, por otra parte, que el Estado no aplique (o ponga toda una serie de trabas y deje pasar el tiempo sin aplicar y cumplir) lo establecido en Tratados internacionales al respecto? Sin duda, en el próximo Congreso, en algún momento, se hablará algo de esto.

Es verdad que se va a tratar algo de esto, pero en el Congreso lo hemos intentado enfocar muy por encima de la clase de Religión. Limitar hoy el problema educativo, desde una perspectiva católica, a la clase de Religión yo creo que es hacer una limitación muy reduccionista, porque, sigo insistiendo, es dar por hecho toda la bondad del sistema. Yo creo que hay que empezarse a cuestionar, sobre todo, cómo se está ejercitando un derecho natural, y una libertad propia, esencial y correspondiente. Son puntos de mucho más calado, de mucho más debate, de mucha más discusión... Costará llegar a conclusiones comunes; pero, por lo menos, empecemos a debatir ya esta reivindicación de libertad de educación en mayor medida. En cuanto a la clase de Religión, es cierto: son las clásicas paradojas que se dan en la actualidad: por qué hay tanto miedo, tantas limitaciones, tantos peros a la enseñanza de la Religión que, además, es una obligación concordataria del Estado español, y por qué los padres no hacen ese seguimiento. Yo me planteo también esos porqués.

ESQUIZOFRENIA ENTRE FE Y VIDA


¿No será fruto de esa esquizofrenia de la fe por un lado y la vida por otro...?

Sí, en parte sí, y también porque, a veces, no reivindicamos con la misma fuerza todos los aspectos de la vida que nos afectan. Yo me pregunto qué ocurriría si mañana deciden que no haya comedores escolares… Los padres armarían una gorda. Por lo que no sé si, a veces, tenemos la coherencia —hablo en primera persona del plural intencionadamente— de reivindicar del mismo modo cuestiones que atañen a la integridad del ser humano como otras, a lo mejor más materiales, por las que estaríamos dispuestos a salir ¿Saldríamos a la calle?. Todos hablamos de que nos gustaría la clase de Religión para nuestros hijos, pero cuando nos la escamotean o nos la medio burlan, no surge la reacción popular debida ante ello.

Dos cuestiones más: primera, sobre todo en el sistema de enseñanza superior universitaria en el momento en que se ha desarrollado la especialización, ¿qué fruto puede dar una Universidad con profesores, pero sin maestros? Y, la segunda: hoy día en un niño pasa más tiempo, globalmente, a la semana ante el televisior que en contacto con el maestro ¿Qué reto supone y va a suponer esto?

El maestro es fundamental en toda educación superior, inferior, media... Es esencial que haya maestros no sólo de asignaturas y materias, sino maestros de vida, maestros ejemplares que enseñen a sus discípulos, que van a ser los futuros maestros, no sólo a transmitir conocimientos, sino a transmitirlos en la integridad de la vida. El conocimiento aislado hace caer en el peor y más superado racionalismo. Esa carencia de maestros es un drama, como lo son, a veces, las situaciones endogámicas que vive la Universidad, que hacen que se pierdan grandes personas para la vida universitaria. Es una reivindicación permanente. Los maestros de toda la vida hoy, tristemente, son llamados y algunos se autodenominan trabajadores de la enseñanza. Todos recordamos a los verdaderos maestros que tuvimos. Profesores hemos tenido muchos; maestros, pocos. Es algo que hay que recuperar, y que los que nos dedicamos a la educación tenemos que tener siempre muy presente.

Lo segundo, lo de la televisión, es muy complejo y preocupante. El hombre, como diría Aristóteles, es un ser social por naturaleza; ha nacido para vivir en sociedad, para estar en interrelación. ¿Lo va a sustituir una máquina? ¿El proceso educativo lógico es estar delante de la televisión, o de la pantalla de un ordenador? Yo lo pongo muy en duda, y con esto no quiero decir que esté en contra de la televisión o del ordenador; me parecen magníficos, pero en su justo término. No sé si aquí estamos pecando de gula de maestros mediáticos, pensando que lo sustituyen todo. Junto a esto, hay problemas muy serios: el papel de la familia, de los padres en la educación, y la falta de contacto con los padres que, a veces, tienen que estar entregados al trabajo sin poder dedicar el tiempo suficiente a la familia; la excitación de las pasiones por parte de los medios: la violencia es una pasión humana; otras muchas que se podrían citar..., alguien acaba de matar por el fútbol.

PERDER EL MIEDO

Una última pregunta: el listón del Congreso está altísimo; fue altísimo el comienzo; se mantiene altísimo con este tema clave, ¿qué va a pasar a partir de ahora? ¿Está pensado ya el próximo?

Todavía es pronto, pero lo que hay que hacer es seguir animando en esta línea. Aquí hemos hablado de temas que pueden surgir para en el próximo. Hay algo muy importante para mí en el Congreso, y que a veces no se ve: es la cantidad de gente que participa en él de alguna u otra manera, como ponentes, como presidentes de mesas redondas, como comité organizador, como meros congresistas… Para mí es el mayor triunfo del Congreso, porque, insisto, lo más importante es que algunos pierdan ya el miedo a apuntarse a un Congreso como éste y a estar en él, y a decir: Estoy en un Congreso de Católicos y vida pública para tratar de la educación.

No es un Congreso más, es una expectativa y una esperanza muy grande.

Claro, porque supera la concepción de un Congreso científico; se plantea fundamentalmente para eso, para que seamos capaces de hacer de nuestra vida una integridad, y de plantearnos, como un pueblo que realmente quiere hablar, cuestiones que le afectan, que no vive aislada su fe, y quiere que su fe informe todas las actividades y realidades. De esa manera romperemos esa permanente presión para que el católico viva su fe de manera privativa, no la haga extensiva a su forma de opinar o de ver la vida, lo cual es totalmente falaz, porque él tendrá una manera de querer iluminar, para el bien común, para el bien de todos, la sociedad. Aquí hablar de cultura y no hablar de Iglesia es no conocer la historia de Occidente. Hablar de Europa, de Universidad, y no hablar de fe católica es absurdo; pero reivindico primero la cultura. La Iglesia ha sido, y sigue siendo, verdadera transmisora de cultura hasta nuestros días, porque, si hubiese sido por otros, hubiese desaparecido. La Iglesia tiene un derecho esencial.

Hoy la Iglesia está siendo la fiel salvaguardadora de toda una cultura, de toda la tradición propia del mundo occidental. La Universidad es una creación de la Iglesia católica, nace en su seno; esto no se ha dado en otros pueblos, en otras religiones; por lo tanto podemos decir que la educación ha sido siempre un compromiso de la Iglesia para el bien común.Ya no se dice, pero la Iglesia, cuando plantea estos temas, no lo hace pensando sólo en los hombres que tienen fe. Yo reivindicaría constantemente las encíclicas del Santo Padre, dedicadas siemprea los hombres de buena voluntad. Cuando plantea estas cuestiones de vida, las está planteando en beneficio del hombre, del bien común de todos los hombres y de todos los pueblos, desde la concepción ontológica de la persona. Debemos decirlo sin miedo: no es sólo una propuesta para católicos. La Iglesia, cuando adopta un compromiso con la cultura, con la educación, es un compromiso con la sociedad, para el bien común. A veces se nos olvida.

Alfa y Omega