RetrocesoA&ONº 234/16-XI-2000SumarioEspañaContinuar
¿Qué profesores necesita el nuevo milenio?
Los universitarios católicos lo sabemos bien, desde las perspectivas que se nos recuerdan en el reciente encuentro
jubilar en Roma con el Papa
En el Jubileo de la Universidad se nos ha dicho que los profesores universitarios católicos debemos ser diáconos de la verdad; esto es, servidores, personas consagradas al servicio, investigación y transmisión de la verdad. Y, más concretamente, de la verdad íntegra del hombre, como ser creado, redimido, salvado por Dios, para un destino, doble, que se expresaba ya en los tradicionales catecismos populares: el destino de, libre y voluntariamente, servir a Dios en la tierra; y el destino de, por su infinita misericordia, gozarle plenamente, infinitamente, eternamente, en el cielo.

Es, pues, preciso que nuestros profesores universitarios sirvan a esta verdad, y, según se ha escrito, no sólo como una exigencia moral; es una exigencia ontológica, reclamada, guste o no, a algunos, por el ser del hombre como realidad objetiva.

Ello significa que nuestros profesores, al cultivar sus respectivos saberes en ciencias humanas, sociales, experimentales y técnicas, no pueden desconectarlos (ni en el estudio, ni en la investigación, ni en la docencia), por muy especializados y profesionalizados que sean, de esa dimensión irreductible y trascendente del ser humano.

En el Código deontológico de los profesionales de la educación (aprobado en enero de 1962) se dice, en su art. 2.9, que es deber del educador poner a disposición de los alumnos todos sus conocimientos, con ilusión (el anteproyecto añadía y con sentido del humor; ¡lástima que se suprimiera!) y el conocimiento y conservación de todo aquello que constituye el patrimonio de la Humanidad. Y patrimonio de la Humanidad son todos los saberes, pero sólo si se proponen al hombre en su íntegro ser, de persona, para conocer y formarse libremente en su fin y su destino trascendentes y abiertos a Dios. Bien se nos vuelve a recordar que todo conocedor conoce a Dios implícitamente en todo lo que conoce (santo Tomás).

Necesitamos, pues, aquel profesor que investigue y trasmita excelentemente su ciencia. Pero que no la desconecte nunca del servicio a, de sus implicaciones para, y de su última y necesaria relación con esa realidad trascendente de la persona humana libre, sí, pero única, completa e indivisible como único sujeto óntico de la cultura, su objeto y su término (Discurso del Papa Juan Pablo II en la UNESCO el 2 de junio de 1980).

Si así no lo hace, el profesor estará sólo sirviendo a su verdad, esto es, a aquella que su propia razón le presenta, halagadoramente, como un éxito y una satisfacción personal suya. Pero, con ello, mutila la verdad y la subordina a los caprichos de su razón como estudioso. Siendo así que, al contrario, el verdadero docente debe subordinar los caprichos de su razón a la Verdad (con mayúscula) sin mutilarla ni tomarla sólo en aquello que le halague o le haga triunfar y sentirse seguro de sí mismo.

Y esta labor de búsqueda y trasmisión de la Verdad (con mayúscula), decía el código antes citado, ha de hacerse con ilusión. Y ¿por qué no también con sentido del humor? Necesitamos profesores que se apasionen por la hora de clase. A los que ilusione estar revisando constantemente sus esquemas para hacerlos más rigurosos, sí, pero también más claros y asequibles. A los que les divierta leer el último trabajo científico, y lo lean con pasión, como ocio y no como negocio. Que se diviertan investigando, escribiendo y explicando. Igual que un santo triste es un triste santo, un profesor triste, aburrido, será un triste y aburrido, rutinario y desilusionado profesor.¡Ay!, si así ocurriera aun en el caso de que personalmente fuera, incluso, un santo, aun en tal caso, por ser un profesor triste y aburrido, también sería un santo triste y aburrido.

Porque, además, si es profesor ilusionado, alegre, podrá ser exigente, consigo y con los alumnos. Como bien se ha escrito, para ser un buen educador, no basta con ser exigente. Hay que saber serlo. Exigencia y amabilidad, incluso simpatía (¡sobra el incluso!, diría yo), van siempre muy unidas. Ponerse serio no es mostrarse seco. Más que alguien que controla y juzga, el buen educador es alguien que anima, no ahoga, sino canaliza, estimula, motiva... sin cansar (F. Suárez Salguero).

Así son, en suma, los profesores universitarios que queremos. Con una excelencia académica como investigadores y docentes. Pero conscientes de que, como se nos dijo en Roma, esta excelencia, necesaria, no puede sustituir ni desplazar a la acción de la gracia divina, a la santidad de la vida intelectual y universitaria, en la posibilidad de un nuevo humanismo, que no consiste en educar para la post-modernidad, con su pensamiento débil, sino en formarnos y formar a los demás libremente, proponiendo (no imponiendo) el pensamiento fuerte que las sociedades actuales necesitan vitalmente, para sobrevivir en libertad.

José Luis Pérez de Ayala y López de Ayala
Rector de la Universidad San Pablo-CEU