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El objetivo de una institución de crédito es el de administrar, de manera atenta, los recursos que se le han confiado para apoyar la actividad económica de familias, empresas, instituciones y organismos que recurren a su mediación. De aquí se deriva la importancia del sistema bancario, así como la responsabilidad de quien lo gestiona, en relación con personas, familias y grupos sociales que requieren sus servicios. De hecho, si bien tiene que perseguir sus propios objetivos institucionales, una empresa bancaria no puede perder de vista la referencia a los valores éticos que presiden los diferentes aspectos del actuar humano. Si un Banco sólo se orienta a perseguir el máximo beneficio para sí, sin tener en cuenta estas instancias superiores, deja de ser un instrumento de crecimiento y de desarrollo para la comunidad, para convertirse más bien en un elemento de peso que frena. La doctrina de la Iglesia afirma la prioridad del factor humano sobre las finalidades financieras y de crédito propias de todo Banco. Por desgracia, no se puede olvidar que existen también hoy formas desviadas de crédito, capaces de poner en peligro, no sólo actividades empresariales o propiedades familiares, sino incluso la vida misma de las personas que han caído en este perverso remolino. En otras ocasiones ya he tenido la posibilidad de subrayar las dificultades y el malestar en que acaban encontrándose quienes son víctimas de la especulación ligada a formas ilícitas de crédito. (11-XI-2000) |