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Yo no conozco vuestras historias, pero Dios las conoce, y lo que yo puedo deciros en su nombre es que, para Dios, no sois un número, sino una persona, un hijo, una hija con nombres y apellidos. Lo que yo tengo que deciros es que Dios os quiere. En esta misa nos preside una cruz. La cruz era un instrumento de tormento y de suplicio, uno de los más crueles que los hombres hemos inventado para ajusticiar a una persona. Y el Hijo de Dios, para decirnos que Dios nos quiere, y para que ningún hombre, ninguna mujer, en una situación de injusticia o en una situación terrible de la vida, pudiera sentirse solo, quiso ser ajusticiado y morir en una cruz. Os digo esto para deciros sencillamente que Dios os quiere. |
| Nosotros veneramos y tratamos la cruz con respeto, y hacemos la señal de la cruz para poder afirmar que, pase lo que pase en nuestra vida, aunque todo parezca destruirse, hay un amor que no lo destruye nuestro mal, ni el mal ni la injusticia del mundo. Hay un juicio lleno de misericordia y de verdad. En la mayoría de los casos, los juicios humanos no llegan hasta el fondo de las causas del mal, pueden ser justos según la medida humana. Sólo Dios conoce las causas últimas de nuestro mal. Aunque ese mal sea verdadero, y aunque uno haya hecho daño a otras personas, sólo Dios puede conocer de dónde vienen esas raíces, cuáles son las causas que a uno le llevaron a hacer ese mal. Y, en todo caso, su juicio es un juicio lleno de misericordia. Un juicio que no busca vengarse del mal, sino que lo que quiere es vuestra vida, que cada uno de vosotros podáis reconocer que sois infinitamente amados por Aquel que os ha dado la vida.
Aunque el mal que pudiese haber en vuestra vida fuese muy grande, y aunque no podáis ni siquiera perdonaros a vosotros mismos, Jesucristo en la cruz ha abrazado hasta el fondo nuestra pobreza, nuestro mal, nuestra miseria y dolor, nuestro sufrimiento; y ese abrazo de Dios ninguna realidad de este mundo tiene el poder de romperlo. Dios os ama y no puede dejar de amaros, porque sois hijos e hijas suyos, porque no puede miraros sin reconocer en vosotros a Jesucristo, su Hijo encarnado. Ese amor de Dios es nuestra esperanza, la vuestra, la mía y la de todos los hombres. Yo sé que pensáis muchas veces: Si yo fuera bueno, Dios me querría. No. Dios nos quiere porque somos sus hijos. Hay más alegría en el cielo por una persona que está lejos de Dios y lo necesita, que por 99 justos que no necesitan conversión. Jesucristo no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores, ni a curar a los sanos sino a los enfermos. No penséis nunca que Dios no os quiere o no está cerca de vosotros. Está cerca de vosotros y os ama, y desea que podáis regenerar vuestra vida. Ojalá entre todos, con vuestra cooperación y la ayuda de los que estamos alrededor vuestro, se pueda reconstruir esa vida, que también en este mundo podáis recuperar vuestra familia, vuestra paz, vuestro trabajo, un modo de estar en la vida que os permita vivir con dignidad, y la sociedad pueda conocer esa dignidad vuestra. Hay un amor que no os faltará nunca. Jesucristo ha pagado ya por vuestros crímenes, pecados y debilidades. Hay Alguien que no puede dejar de amaros pase lo que pase en la vida, que no puede dejar de ver vuestro rostro y miraros con un amor y una misericordia infinitos. Porque Dios os ama, la vida de cada uno de vosotros es infinitamente preciosa, vuestra vida vale. Y aunque vosotros mismos tengáis la tentación de pensar: Pero si yo soy un desastre, si yo no puedo nada, hay Alguien que confía en vosotros. + Javier Martínez Fernández |
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