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José Francisco Serranopserrano@planalfa.es Con la venia de los reverendos Iriarte, Roig Gironella y Sánchez Villaseñor, con la anuencia de don Julián Marías y su Ortega y tres antípodas, seguiremos la senda, acompañados por Ibn-Batuta, en pos de los hombres de alma especular, de los santos de la Tierra, de los hombres veraces. Y, aunque sea con el solo Dios a la vista, acompañaremos en la memoria rediviva a don José Ortega y Gasset al cumplir setenta años de algunas de sus más queridas obras. Un Congreso, titulado Arte, educación y sociedad en Ortega y Gasset, nos da pie para ello. Fernando R. Lafuente nos recuerda, en las páginas de El País, el pasado miércoles día 15, el logos del pensador rememorado: "Yo confesará con enorme y serio humor, es decir, con melancolía y cervantina ironía tengo que ser a la vez profesor de Universidad, periodista, literato, político, contertulio de café, torero, hombre de mundo, algo así como párroco y no sé cuantas cosas más". El periódico se ha convertido en un ágora moderna, el espacio virtual, primero y perentorio, "en que se contrasta cada día la opinión pública". Algunos no se lo perdonarían. Pero sólo algunos, porque el tiempo ha jugado, de manera irremisible, a su favor. |
| Un espacio virtual que se transmuta en nueva circunstancia técnica y tecnológica, una de sus obsesiones de claridad especulativa. José Luis Moreno, preclaro discípulo y gran maestre de esta nueva tenida orteguiana, señala, al respecto, en El Cultural, del pasado día 8, que el discurso de Ortega no sólo es valioso para la técnica del siglo XX, sino para las nuevas tecnologías del siglo XXI. Ya no se trata de transformar la realidad, sino de crear nuevas realidades. Y es aquí donde el discurso humanista sobre el hombre como animal metafórico cobra su vigencia hoy en la "realidad virtual", ya que la metáfora para Ortega no es sólo una forma de conocer, sino también de ser y de creación de nuevas realidades fundiendo otras, pero sin confundirlas. A partir de ahí se abren todos los interrogantes. A la conocida pregunta sobre "el puesto del hombre en el cosmos" se añade ahora ésta: ¿Cuál es el lugar del hombre en nuestras sociedades tecnológica? Éste es el tema de nuestro tiempo. No hay duda. La profecía orteguiana de la imposición del derecho a la vulgaridad se ha cumplido. Thomas Mermall recuerda, en una entrevista de Antonio Astorga, publicada en ABC el viernes pasado, que el hombre masa existe en todos los niveles sociales. Es la persona, como ha dicho Ortega, que no reconoce ninguna instancia superior. Que impone la mediocridad como norma. Que se siente autosatisfecho. Que no reflexiona demasiado. Y que ha degradado los valores y los pone en peligro. A más a más, como dice la claridad, cortesía del filósofo popular, ha sido el ya en esta página maestro, don Ignacio Sánchez Cámara, y créanme que, aunque abonado a sus inmejorables artículos periodísticos, no tengo el gusto haberle saludado personalmente, quien nos ha desvelado, en una columna del ABC del día 18 del presente mes, el valor de Ortega para nuestro tiempo: El filósofo no ha de tener otra guía que la verdad. Pero fue tal el aluvión de críticas injustas y destructivas que la politización, la ignorancia y el partidismo vertieron sobre su obra que, junto a él, sólo cabe añorar y comprender algún que otro exceso de sus devotos. Quienes seguimos su magisterio y reconocemos con gratitud nuestra deuda, estamos obligados también a recordar agradecidos la tarea de los grandes discípulos de la primera y segunda generación, como Morente, Gaos, Vela, Marías, Garagorri o Rodríguez Huéscar, entre otros. Sin caer en la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, tenemos mucho que aprender de ellos. Mal harían las nuevas generaciones de estudiosos en volverles la espalda. ¿Vuelve Ortega?¿Es que, acaso, se había ido? Pues para que vean que, en ocasiones, es más el discípulo que el maestro, filosóficamente hablando, se entiende, Sánchez Cámara nos deleitaba, en su catapulta del ABC, el mismo día que publicaba el artículo antes citado, con una profunda reflexión sobre Católicos y vida pública, en la que leemos: Con demasiada frecuencia contemplamos cómo los mismos que contribuyen a la destrucción de los valores cristianos, se lamentan después del vacío dejado por su ausencia. No es extraño que se impongan el relativismo y ciertas formas de moral utilitarista. Se erige en valor supremo lo que, siendo valioso, ocupa, según la jerarquía natural de los valores, los últimos lugares y debe estar subordinado a los superiores. La neutralidad religiosa del Estado y la tolerancia, irrenunciables principios liberales, no deben llegar hasta el extremo de otorgar la misma protección a quienes combaten los valores sobre los que se asienta la convivencia democrática que a quines los defienden. Existe un laicismo mal entendido que aspira a recluir la religión en el ámbito meramente privado de la conciencia personal. Cualquier pretensión de que los valores cristianos, que, por otra parte, han contribuido decisivamente a la configuración moral y jurídica de nuestra sociedad, deban plasmarse en las costumbres o en las leyes tiende a ser descalificada como dogmática o, incluso, totalitaria. Por otra parte, no es infrecuente que de manera falaz e interesada se asigne un carácter confesional a la defensa de determinadas posiciones morales y jurídicas, cuya validez no depende de la adhesión a determinado mensaje revelado. En resumen, que al maestro Ortega le faltó el Hecho extraordinario y una teología que tuviera a Dios más cerca de su vista. Leamos, pues, a García Morente para remediarlo. |