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Y entonces Su Santidad estornudó. Por una fracción de segundo en el Aula Pablo VI se hizo un silencio de plomo; pero lo cortó enseguida una salva alegre de aplausos. Pudimos oír a Juan Pablo II exclamar Intermezzo!; y, cuando llegó el segundo estornudo, lo quiso rubricar, entre más aplausos, con un sonriente Troppi intermezzi! Lució así el conocido sentido del humor de quien no sólo es el Vicario de Cristo, sino un ser fieramente humano. La verdad es que no hubo demasiados intermedios en el Jubileo de los Gobernantes y los Parlamentarios. Los intensos actos de esos días estuvieron marcados por un espíritu claro: el de la comunión con el Papa, al que expresaron su fidelidad los católicos y su vivo respeto los de otras creencias. Por ello, es sólo levemente exagerado el subtítulo de Asamblea de los parlamentarios del mundo con el que fue rebautizada una reunión a la que asistieron 95 delegaciones nacionales, algunas presididas por Jefes de Estado, Presidentes y ministros de regímenes parlamentarios. Allí estuvieron unos miles de personas que han sido elegidas para representar a sus conciudadanos y que se dedican, permanente o transitoriamente, a esa actividad tan necesaria, y a menudo tan vituperada, que es la política. |
| Los parlamentarios dieron su aprobación a tres Resoluciones. Se dedica, la primera, a la deuda externa de los países pobres, para insistir en la petición de su perdón que ya dirigió Juan Pablo II a la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1985. Nadie, y menos que nadie el Presidente del Banco Mundial, duda de que es injusta una situación en la que una quinta parte de la población mundial es 74 veces más rica que otra quinta parte de esa población. La petición está redactada con prudencia y con el menor grado posible de demagogia; y se apoya en decisiones anteriores de los poderosos del planeta. Busca caminos de conciliación y de arbitraje. No hubiera sobrado, sin embargo, una mención clara a la corrupción y a la violencia que practican muchos jefes políticos de los propios países pobres, alzados sobre la miseria de sus compatriotas; pues abundan hoy los seguidores, doblemente vivos, del difunto Mobutu, aquel arca de caudales con piernas que empobreció a los suyos, mientras se enriquecía sin límites y con el vergonzoso respaldo de Occidente.
La segunda Resolución defiende dos valores morales básicos: la dignidad y la libertad humanas. Afirma que cualquier legislación ha de basarse en la Ley natural y en la Declaración universal de los derechos del hombre; y añade que la acción política debe dar apoyo a la vida desde su mismo principio y ha de defender a la familia, componente básico y primario de cualquier sociedad bien ordenada. A buen entendedor... La tercera vuelve al terreno social y económico, para abordar de frente el hecho, evidente, de que vivimos en un mundo conformado por la globalización, la tecnología y el ciberespacio, lo que obliga a intentar gobernarlo de acuerdo con ciertos principios éticos que fomenten la solidaridad. Se observa que los ganadores de este Jubileo saben estar en sintonía con las mejores decisiones del mundo laico. En las vísperas de esta peregrinación, un bellísimo Motu Propio de Su Santidad había proclamado Patrono de los gobernantes y políticos a santo Tomás Moro. Se cumplía así el deseo de los centenares de abajofirmantes que lo habíamos pedido. En España, algún columnista ha ofrecido una semblanza irónica del ilustre mártir de la fe, subrayando sus éxitos temporales. Pues bien, el que ganara el amor de su familia y lograra una posición relevante y desahogada añade todavía más méritos a la serenidad con la que aquel parlamentario y Canciller del Reino de Inglaterra ofreció su cabeza al verdugo por no traicionar la fe católica tal como, por codicia y lujuria, lo había hecho Enrique VIII. Lucía espléndido el sol de Roma sobre la Plaza de San Pedro mientras el Papa concelebraba la solemne Misa dominical; y colgaba de la gran fachada el retrato de santo Tomás, nuestro Patrono. El Papa recordó a los políticos que su preocupación esencial ha de ser la justicia. Este sucesor de Pedro no necesita desmentir a nadie, ni siquiera a quienes toman la fe por intransigencia; pero muchos recordábamos sus palabras de bienvenida, animándonos a actuar con prudencia cristiana en la sociedad pluralista, que es la nuestra. Carlos Robles Piquer |