RetrocesoA&ONº 235/23-XI-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Un Presidente de Gobierno santo
Juan Pablo II ha proclamado recientemente Patrono de los políticos a santo Tomás Moro. Me congratula la noticia. El hecho da que pensar a los creyentes, especialmente a los laicos. Imaginarse a un santo ocupando el Palacio de la Moncloa como inquilino principal puede parecer una hipótesis de ciencia ficción; tan desacreditada está la noble ocupación, más que profesión de la política. Si este supuesto se diera —insisto, es un suponer—, no creo que el tal Presidente fuera haciendo de continuo manifestaciones de sus convicciones religiosas, sin tampoco disimularlas. Como corresponde a nuestro Estado social y democrático de Derecho aconfesional (aunque tampoco nacional-agnóstico), lo primero sería un Presidente de todos los españoles, creyentes e increyentes. La santidad se le notaría no tanto en sus palabras como, a la larga, en sus obras.

Sin duda a algunos los decepcionaría porque no propusiera a su Majestad el Rey una reiteración de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús; a otros, en cambio, por no llevar de inmediato al Boletín Oficial del Estado como leyes las consecuencias sociales implícitas en el Evangelio. Nuestro hipotético Presidente hace tiempo que habría asimilado que la influencia de la fe de los creyentes en las estructuras sociales y políticas ya no se realiza mediante concordatos sino a través de la conciencia de los creyentes ciudadanos, que colaboran lealmente con los no creyentes de buena voluntad para llevar a la práctica, mediante los instrumentos de acción democráticos, las consecuencias que se derivan del Evangelio.

Me viene a la mente aquella anécdota graciosa. Suena el teléfono; se oye al otro lado una pregunta: ¿Es ahí el Banco de España? No lo era, pero alguien contesta con rápido sentido del humor: ¡Ojalá! Pues ojalá contáramos no sólo con un Presidente, sino con muchos políticos santos. Gobernantes tan libres que sólo tuvieran un Señor. Me asombra imaginar la libertad que tendrían, la capacidad de discernimiento de que estarían dotados, la firmeza en adoptar buenas decisiones, la fortaleza para soportar los zarpazos de la política, la paciencia, la humildad, que es estar en la verdad y es pisar sobre la tierra (humildad viene de humus, tierra).

Tampoco tema nadie que tuviera que ser un ingenuo, cosa que parece algo terrible en la vida política. Santidad no es lo mismo que ingenuidad. Nunca he sabido por qué siempre debe estar asociado el concepto de buen político con el llamado maquiavelismo. Ya el evangelio nos manda armonizar la sencillez de la paloma con la astucia de la serpiente. La astucia para el bien es, por tanto, una virtud. También estoy seguro que nuestro Presidente santo no se sonreiría con una especie de conmiseración cuando le recordaran el gran poder de la palanca de oración. Tendría acceso fácil y diario al despacho del Jefe de todo el personal, y tendríamos todos el disfrute de los efectos beneficiosos de este trato de amistad, sin por ello ir proclamando electoralistamente las veces que fuera a exponer al Santísimo en su capilla privada.

Jaime Cano Cornejo