RetrocesoA&ONº 235/23-XI-2000SumarioContraportadaContinuar
Cristo, Señor de la Historia
La ya inminente fiesta de Cristo Rey y Señor del universo, y de la Historia, nos ofrece la ocasión de presentar
este texto de Papini comentando, precisamente, cómo la Historia, a la luz de la fe, demuestra el cuidado
amoroso de Dios por los hombres
La Historia, hasta ahora, ha sido la presa de gente encogida, que ha creído resumirla toda en la cronología y en los documentos de los archivos; o bien ha caído en manos de enredadores ateos que han visto solamente en ella los esquemas abstractos de sus ambiciosas invenciones. Pero si alguno, recogiendo con empeño y doctrina la tradición de san Agustín y de Bossuet, supiera interpretar la historia de todas las gentes a la segura luz de la Revelación, creo que se descubrirían maravillosas correspondencias entre los hechos y las figuras, que acrecentarían, si ello fuera posible, nuestra certidumbre de la perpetua intervención divina en las cosas de la tierra, y ofrecerían de todos modos una confirmación positiva e irrefutable de nuestra fe, capaz de persuadir aun a aquellos que no la tienen.

Hace cerca de setenta años, Renán aseguró que la investigación histórica señalaba el fin de las religiones, y especialmente el de la cristiana. Y, de hecho, hace mucho tiempo que los incrédulos nos desafían en el campo de la Historia. Aceptamos el reto; yo abrigo la firmísima esperanza que aun de la Historia, reconstruida y expuesta católicamente, nos han de llegar preciosos e inesperados auxilios para la futura apologética. Impulsado por este pensamiento, he revisado la historia de Roma, especialmente de los tiempos más próximos a la manifestación mesiánica, y paréceme poder afirmar que también Italia, como Judea, fue advertida, y que Roma tuvo, en el último siglo anterior a la era vulgar, en aquel siglo tormentoso que preparó el Imperio, una Figura y un Profeta de Cristo.

Cien años antes del nacimiento de Belén nacía en Italia un hombre destinado a ser uno de los más significados protagonistas del drama terrestre.Aún hoy, su nombre sigue siendo tan célebre como en sus mismos tiempos. Este hombre, que a sus sucesores pareció más que humano, y fue, por un maravilloso conjunto de circunstancias y de victorias, uno de los más grandes dominadores del mundo, se llamaba Julio César. Ya me imagino el asombro de mis lectores al oír pronunciar este nombre. Y, en efecto, a primera vista Julio César parece ser, y en parte es, la antítesis de Jesucristo: César buscó el reino de este mundo y Jesús el del otro; César trajo la guerra y Jesús la paz; César estaba manchado con vicios y culpas, como tantos hombres de su tiempo, y Jesús era la perfección misma. Mas, si nos colocamos más cerca de la persona de César, hallaremos, contra todas las apariencias, algunas semejanzas que al principio sorprenden y que al final convencen.

También el primer siglo anterior a Cristo no sólo nos descubre en Roma una Figura del Mesías, sino también un Profeta. Lo mismo que en el más grande héroe romano puede encontrarse, a mi parecer, una Figura de la venida de Cristo, así el Profeta es, a juicio de muchos cristianos, el más grande poeta romano: Virgilio. Al igual que César fue una excepción por su clemencia hacia sus enemigos, así Virgilio lo fue más todavía por la belleza pura de su alma.

Pocos decenios más tarde, Jesús se aparecía en visión a san Pablo: Ten ánimo; como has dado testimonio de mí en Jerusalén, has de darlo también en Roma. Y el Apóstol partió para Roma con el Evangelio de Cristo crucificado y resucitado. Después de haber cumplido esta misión —escribe a los Romanos— pasaré por entre vosotros hacia España; y sé que yendo a vosotros llegaré con la plenitud de las bendiciones de Cristo. No fueron palabras vanas. Esta plenitud cayó en realidad sobre el Imperio fundado por César y cantado por Virgilio: aquella Roma que los antiguos poetas llamaron eterna, sin saber bien lo que decían, y que llegó a ser verdaderamente eterna por voluntad del Eterno, que en Roma fijó la morada suprema de sus hijos.

Giovanni Papini
de Los operarios de la viña
y otros ensayos
(ed. Porrúa. México)

Ámame como eres

Quiero únicamente el canto de amor de tu corazón, no necesito tu ciencia o tu talento.
Una sola cosa importa, el verte vivir amando.
No son tus virtudes las que quiero,
si te las diese, eres tan débil, que alimentarías tu amor propio,
no te preocupes por esto.
Te podría haber destinado a grandes cosas, pero no serías siervo inútil,
te amo aunque seas tan poca cosa, porque te he hecho para el amor.
Hoy estoy a la puerta de tu corazón, como un mendigo suplicante.
¡Yo, Rey de Reyes!
Busco y espero, apúrate y ábreme.
No te preocupes de no tener virtudes, te daré las mías.
Cuando tengas que sufrir, te daré fortaleza.
Dame tu amor y te enseñaré a amar más allá de lo que nunca has soñado,
pero recuerda, ámame como eres.
Te he dado a mi Madre,
deja todo en su Corazón Purísimo, pase lo que pase...
Ámame como eres.

de la revista digital Espiritualidad