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La prensa de los últimos días ha comentado la situación angustiosa por la que pasan no pocos profesores de algunos Centros de Enseñanza, ante la indisciplina y la insolencia de algunos de sus alumnos. Adolescentes que en las aulas se comportan como bárbaros, que no respetan las reglas elementales de educación, que se encaran con el profesor y le insultan, que no tienen el más mínimo interés por estudiar, y que consideran las clases como una imposición ante la que deben rebelarse. Los profesores, por su parte, se sienten indefensos, carecen de recursos para imponer disciplina y, si en algún momento lo intentan, quedan desautorizados por autoridades superiores, o reciben amenazas aún peores.
El noble trabajo de la enseñanza uno de los más altos que puede ejercitar una persona queda así pisoteado y maltrecho. Los profesores viven en una situación de malestar y de tormento psicológico, porque tiene que ser angustioso entrar en el aula sabiendo lo que puede esperarte. Y así un día tras otro. Como para acabar en el psiquiatra. Transmitir enseñanzas y valores requiere un clima de amistad, de benevolencia por las dos partes, de la alegría de aprender y de enseñar. La vocación de profesor tiene mucho de una segunda paternidad..., a veces de una primera. Ha saltado la alarma, y el Ministerio y los responsables se preguntan qué hacer. Pues bien, parece que, ante todo, será necesario diagnosticar la enfermedad con absoluta sinceridad. Sólo cuando se ha hecho un diagnóstico certero y sin miedo, se podrá buscar un antítodo eficaz. |
| No se deben buscar soluciones fáciles y de compromiso inmediato. No vale sólo imponer castigos a los infractores de la disciplina, ni basta con que el profesor pueda expulsar de clase a un alumno mastuerzo. El problema es mucho más profundo. Empezamos a recoger las consecuencias de unas premisas que se vienen asentando desde hace veinte años. Y, en cuanto se puede prever, vendrán tiempos peores. Si, progresiva y sistemáticamente, se desprestigia y se destruye la familia, si se valora la ruptura matrimonial como un derecho (¡!), si se exaltan como supremos valores la riqueza, el poder y el placer, si a las parejas de hecho se les concede ser parejas de derecho, si la homosexualidad realidad antinatural se legitima como natural, si se anima a los adolescentes a practicar todo tipo de relaciones sexuales y se les anima, incluso en alguna Ética (¡!), si en los Institutos se colocan aparatos que expenden preservativos, si los padres no conviven con sus hijos y abdican de su autoridad, etc., etc. (la letanía podía seguir, pero nos la sabemos todos de carretilla), entonces no hay que extrañarse de que suceda lo que sucede, y más, en las aulas y fuera de ellas.
UN PUEBLO INVERTEBRADO
No hay que extrañarse, porque con todo lo que todos sabemos, lo que se ha hecho y se sigue haciendo ante una sociedad que no reacciona, es destruir la Moral, es la transmutación de todos los valores, es lo que Nietzsche profetizó y quiso. Es él el maestro triunfante aunque oculto, porque sus enseñanzas se nos comunican a través de revistas, televisiones, novelas, costumbres, ambiente. Nuestro pueblo, nuestras gentes, que encontraron el sentido de la vida y los valores más humanos en la fe cristiana, se ha dejado arrebatar ese tesoro inapreciable, y ahora está a merced de ideologías espurias que, ni de nosotros han nacido, ni para nosotros valen. Es un pueblo invertebrado porque le han disuelto lo que fue siempre su columna vertebral: la fe cristiana y la moral que de ella nace. El Poder se ocupa y se preocupa de que crezca el Producto Interior Bruto, de que España ocupe un puesto relevante en el concierto de los Estados europeos, de luchar contra el terrorismo, de contener la inmigración y de reprimir el contrabando. El Ministerio de Educación pretende una reforma de la LOGSE, para que sea más exigente y más humanista, que buena falta hace. Todo eso está bien, pero es como pretender curar un cáncer con aspirina. El problema es mucho más profundo. Si no se recupera el Santo Temor de Dios, del que dice la Biblia que es el principio de la sabiduría, y que no es un temor servil y angustioso, sino el respeto debido a su Voluntad y a sus leyes que nos enseñan a ser personas; si no se recuperan los valores cristianos que constituyen el más alto humanismo; si no se defiende la estabilidad y la unidad del matrimonio y de la familia; si no se cuida mucho más la moralidad pública; en suma, si los Poderes siguen tolerando, bajo la disculpa de democracia ¿esto era la democracia? las premisas del relativismo y del amoralismo, hay que atenerse a las consecuencias. Seguirá habiendo terrorismo en las aulas y fuera de ellas, niños maleducados, más jóvenes violentos o drogadictos, más matrimonios rotos, más adultos sin sentido en la vida, más fango y más lágrimas... Si no queremos esto, si lo que queremos es una sociedad española realmente humana, es decir, fiel a sus auténticas raíces cristianas, ya sabemos el camino. Carlos Valverde S.J. |