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Desde su nacimiento en Belén, cuna del rey David, Jesús ha levantado sospechas sobre su realeza. La pregunta de los magos de Oriente ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? hace temblar a Herodes ante la posibilidad de perder el trono y ordena la matanza de los inocentes. Años más tarde, su hijo Herodes Antipas también intentará matar a Jesús al sospechar quizá de sus pretensiones. Y Poncio Pilato, defensor de los derechos del emperador de Roma, juzga a Jesús acusado de declararse rey de los judíos. También entre el pueblo Jesús suscitó expectativas: Cuando el apóstol Natanael se encuentra con Jesús, le saluda como Rey de Israel; y la gente, testigo de la multiplicación de los panes, le busca para hacerlo rey. Jesús huyó al monte para evitarlo.En el evangelio de este último domingo del Año litúrgico, Jesús responde categóricamente que Él es rey, aunque su reino no sea de este mundo. Su realeza pertenece a otro mundo y reino que Él posee en razón de su origen en el seno del Padre. Cristo es Rey porque es el Hijo de Dios, eterno e inmortal, gracias al cual todas las cosas tienen en Él su principio y su fin, su consistencia. Por eso, cuando define su realeza, utiliza una expresión singular que constituye el núcleo del evangelio de San Juan: Dar testimonio de la verdad. Esa Verdad, de la que habla Jesús, es el amor de Dios que entrega a su Hijo a la muerte para salvar a toda la Humanidad; es la verdad del mismo Cristo que, con su subida a la cruz, desvela el sentido de su realeza. Porque es ahí, en la cruz, donde Cristo manifiesta su señorío sobre todos los hombres al conquistarlos con la entrega de su propia vida. Hasta el mismo buen ladrón se dio cuenta de ello, cuando al verlo morir, le suplica: Acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino. Bien mirado, el juicio de Jesús ante Pilato está redactado por Juan como si fuera el acta de una entronización real que culminará cuando Cristo sea levantado sobre la cruz en la que se exhibirá el título de su realeza: Jesús Nazareno, rey de los judíos. Por eso, sólo ante su Pasión Jesús confiesa abiertamente que es Rey. Un rey coronado de espinas, flagelado e injuriado, rechazado por su pueblo que prefiere, paradógicamente, la amistad con el César antes que reconocer la misteriosa y salvífica realeza de Cristo. Sin saberlo, Pilato abre las puertas al destino eterno del Padre para que Cristo suba a la cruz, y, desde ella, extienda su realeza a todos los hombres que escuchen su voz: la voz de la Verdad que abre los ojos para mirar a Cristo y confesarlo como Redentor del mundo. César Franco |