RetrocesoA&ONº 235/23-XI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
En la Escritura se nos da a todos el nombre de niños, y cuando nos dedicamos a seguir a Cristo, se nos llama, alegóricamente, párvulos. Debemos decir ahora quién es nuestro Pedagogo. Se llama Jesús. Es verdaderamente pedagogo, porque a nosotros, los niños, nos conduce a la salvación. Se llama pedagogía a muchas cosas: a lo que es propio del educando y del discípulo; a lo que compete al educador y al maestro; en tercer lugar, a la educación misma; y, en cuarto lugar, a las enseñanzas, como son los mandamientos. La pedagogía divina indica rectamente el camino de la verdad, y también es el modelo de la conducta santa. Como el general que dirige a su ejército, velando por la salvación de sus soldados, o como el capitán que pilota su barco procurando poner a salvo a la tripulación, así el Pedagogo, por su solicitud hacia nosotros, indica a sus niños el estilo de vida saludable. Obtendremos de Dios todo lo que pedimos razonablemente, si obedecemos al Pedagogo. Así como el piloto no siempre se deja llevar por los vientos, sino que a veces enfila la proa hacia las borrascas, así también el Pedagogo no se deja llevar de los vientos que soplan en nuestro mundo, ni pone al niño frente a ellos, como si fuera un barco, para que lo destrocen, sumergiéndose en una vida animal y licenciosa; y es solamente entonces cuando, impulsado únicamente por el Espíritu de la verdad y bien equipado, sujeta con firmeza el timón del niño —sus orejas, quiero decir—, hasta que le hace anclar sano y salvo en el puerto celestial. La que los hombres acostumbran a llamar educación paterna es transitoria; en cambio, la educación divina, permanece para siempre.

Nosotros, hijos de un buen Padre, alumnos de un buen Pedagogo, cumplamos la voluntad del Padre, e imprimamos en nosotros la vida realmente saludable de nuestro Salvador. Así como hay un estilo de vida propio de filósofos, otro de rétores y otro de luchadores, así también hay una noble condición del alma, nacida de la pedagogía de Cristo, siempre proclive al bien; hasta las acciones materiales, sometidas a esta educación, se ennoblecen: la marcha y el reposo, el alimento y el sueño, el descanso, el modo de vida y todas las otras acciones bien encaminadas. Ésta es, pues, la más grande y la más regia obra de Dios: salvar a la Humanidad.

San Clemente de Alejandría
de El Pedagogo