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Con el sucesor de Pedro y bajo su guía, cum Petro et sub Petro, renovamos nuestra adhesión al único y solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, a Jesús que es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la Humanidad, y así será para siempre, y acogemos, gozosa y agradecidamente, las iluminadoras orientaciones de su magisterio, que miran a sostener la fe del Pueblo de Dios, salen al paso de graves confusiones sobre la verdadera identidad de la fe católica, esclarecen principios cristianos esenciales, y ayudan a que la reflexión teológica madure soluciones conformes al dato de la fe, que respondan a las urgencias culturales contemporáneas.
La aceptación espontánea en España de la Declaración Dominus Iesus por la inmensa mayoría de los creyentes, y las reacciones negativas a la misma, desde dentro y desde fuera de la Iglesia que esconden propuestas de un cristianismo sometido al relativismo imperante y la admisión del pluralismo relativista como única posibilidad de expresión del misterio inefable de Dios, son una muestra más de la necesidad, oportunidad y urgencia del anuncio renovado del misterio salvífico de Cristo y de la Iglesia. En el rechazo de la Dominus Iesus se pone de manifiesto una incompleta recepción, cuando no una ruptura con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, especialmente de las Constituciones Lumen gentium, Dei Verbum y Gaudium et spes; los Decretos Ad gentes divinitus sobre la actividad misionera de la Iglesia y Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo; y la Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Y, por supuesto, se sobreseen las enseñanzas de las encíclicas Redemptoris missio y Ut unum sint, que adelantaban y exponían los contenidos y la perspectiva ecuménica de la Dominus Iesus. La no aceptación de ésta revela, por lo demás, la ignorancia de importantes y recientes documentos del magisterio de la Iglesia, entre otros, el Documento postsinodal Ecclesia in Asia, del año 1999, y la poca atención prestada al Documento de la Comisión Teológica Internacional El cristianismo y las religiones, del año 1997. |
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La nueva evangelización recibe de la Declaración Dominus Iesus un impulso renovado, claridad en medio del brumoso horizonte de la denominada teología pluralista de las religiones, y claras indicaciones doctrinales y teológicas que permitirán superar proyectos pastorales confusos que
corrían el riesgo de desnaturalizar el cristianismo. La Dominus Iesus intensificará el empeño misionero, tanto de la misión interior como de la misión exterior de la Iglesia; salvaguarda el auténtico concepto católico de misión y evangelización, favoreciendo el perenne anuncio misionero de la Iglesia; y orientará y abrirá caminos para el sólido diálogo ecuménico y para un veraz diálogo interreligioso. Resulta enormemente sintomático que el declive del impulso misionero y el vacío humano y espiritual, producido por la interrupción de la transmisión de la fe en no pocos ambientes, coincidan con la negación de la singularidad cristiana y con la reduccionista interpretación de la unicidad y universalidad del cristianismo como una mera pretensión propia de la cultura religiosa del Occidente cristiano y del judeo-cristianismo, que supuestamente se arrogarían el poder disponer de la verdad. Si siempre es necesario y oportuno reafirmar la verdad referente a la persona de Jesucristo, aún lo es más, y con mayor urgencia, cuando ciertas afirmaciones e interpretaciones niegan, o por su ambigüedad oscurecen, la plenitud de la revelación cristiana y, por ende, la universalidad salvífica de Jesucristo, alterando, de este modo, la esencia del cristianismo y el verdadero sentido de la revelación, del misterio y misión de la Iglesia. XV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
La XV Jornada Mundial de la Juventud significó, sin duda, un hito excepcional en el Año Jubilar. Fue verdaderamente el Jubileo de la Iglesia joven, la que se abre a través del Sí a Cristo de las nuevas generaciones de cristianos, decidido y gozoso, al horizonte del tercer milenio, comprometiéndose, apasionada y humildemente a la vez, con la evangelización y la salvación del hombre contemporáneo. Lo que se divisaba en la lejanía de la Historia como una promesa pastoral en la IV Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela, comienza a ser fruto maduro, signo de esperanza realizada. Fueron días inolvidables por la honda alegría, a veces desbordante, por el clima sereno de oración compartida, de catequesis y de celebraciones litúrgicas marcadas por el encuentro con el Señor, al que dirigió su mirada desde el primer día el Santo Padre, por la riqueza de las experiencias humanas nacidas de la fraternidad de la fe católica El camino abierto con las Jornadas Mundiales de la Juventud, como Pueblo de Dios en camino, alimenta nuestra esperanza en la Iglesia perennemente rejuvenecida por el Espíritu de Cristo. Los jóvenes católicos de todo el mundo han sido, en expresión de Juan Pablo II como los centinelas del mañana, los protagonistas de una nueva experiencia a nivel mundial. A nosotros corresponde que, una vez llegados a casa, no se dispersen, sino que continúen el camino emprendido. Muchos han sido los jóvenes que desde España han peregrinado a Roma. XXV ANIVERSARIO DE LA PROCLAMACIÓN DEL REY
Nuestra Asamblea Plenaria se reúne en unas fechas que coinciden con el 25 Aniversario de jornadas de un significado histórico excepcional para el presente y futuro de España. Con la proclamación de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I el día 22 de noviembre de 1975 se abría un capítulo nuevo en nuestra historia moderna, impulsado por un propósito, compartido por la práctica totalidad de la sociedad española, de sellar definitivamente la reconciliación entre todos los españoles y por una voluntad general de abrirse plenamente a las formas democráticas del Estado, las vigentes en todos los países de nuestro entorno europeo: los de la Europa Occidental. Su Majestad, el Rey Don Juan Carlos I, con su esposa la Reina Doña Sofía, supo interpretar lo que era aspiración inmensamente mayoritaria del pueblo con serena lucidez y con generosidad creativa; y, a la vez, darle cauce institucional y político, puestas las miras en un futuro de justicia, de libertad, de prosperidad solidaria y de paz. A tan noble objetivo han dedicado desde entonces los mejores años de su vida, inspirados en los mismos ideales y con idéntica actitud de servicio. Es, por todo ello y por tantos otros títulos, íntimamente relacionados con la vida e historia de la Iglesia, y que no son de detallar ahora, por lo que quisiera expresarles en nombre de todos los obispos españoles, reunidos en Asamblea Plenaria, la más respetuosa y sentida felicitación. ¡Que el Señor bendiga abundantemente a ellos y a toda la Real Familia! ¡Que bendiga a España! La Iglesia y los católicos españoles participaron en este proceso histórico de reconciliación fraterna y de nuevo y esperanzado futuro con una actitud de compromiso decidido, activa y cordialmente vivido. Les guiaba la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la relación entre comunidad política e Iglesia, que veían cifrada de un modo especialmente significativo para aquel momento en un famoso texto conciliar, que citaría en su memorable homilía de la celebración eucarística, con la que los jóvenes monarcas quisieron iniciar su reinado, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón: La Iglesia no pone, sin embargo, su esperanza en privilegios otorgados por la autoridad civil; más aún, renunciará al ejercicio de algunos derechos legítimamente adquiridos cuando conste que con su uso se pone en tela de juicio la sinceridad de su testimonio o que las nuevas condiciones de vida exigen otra ordenación. Pero la Iglesia debe poder, siempre y en todo lugar, predicar la fe con verdadera libertad, enseñar su doctrina social, ejercer sin impedimentos su tarea entre los hombres y emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones. Quedaban así definidos el espíritu, estilo y camino de cooperación positiva y comprometida que los obispos y los católicos españoles mantendrían a lo largo de estos veinticinco años, hasta hoy mismo, en la realización del proyecto común de una ordenación justa, libre, solidaria y democrática de la comunidad política y de la sociedad que la sustenta, presidiendo toda su actuación el principio del respeto y promoción de la dignidad inviolable de la persona humana y su vocación trascendente. CONVERSIÓN A CRISTO Y TERRORISMO
Todavía nos embarga la conmoción y la consternación de los últimos atentados terroristas que han sembrado nuestra geografía de asesinatos, de sangre, dolor y lágrimas. El fenómeno del terrorismo es, sin duda alguna, nuestro más grave problema; atenta vilmente contra el más sagrado e inviolable de los derechos de la persona humana: el derecho a la vida; contra la verdad y la libertad de las personas y de los grupos, y, por tanto, contra los fundamentos de la convivencia social. El terrorismo es la mayor de las negaciones de la justicia y de la caridad: una gravísima inmoralidad. No admite cobertura ideológica alguna. Es necesario que los creyentes, pastores y fieles, nos preguntemos, sin rehuir responsabilidades, si hemos aportado cuanto estaba en nuestras manos para llevar a cabo la necesaria conversión moral y espiritual que permita con la colaboración de todos la superación y la erradicación del terrorismo. Evangelizar hoy en España incluye el imperativo de hacer ver la necesidad del camino de la conversión a Cristo realizando la verdad en el amor. Una sociedad cercana a Dios no dejará espacio al terrorismo ni a sus causas. No hemos de olvidar que la ideología totalitaria, de la que se nutre el terrorismo de ETA, se basa en el propósito de construir la ciudad de los hombres al margen de Dios y despreciando su Amor y su Ley. |