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La historia de mi vocación no la he escrito yo. A mí sólo me ha correspondido leerla en el hermoso libro de la vida.Reconozco que, desde siempre, he sido consciente de esa dimensión espiritual que todos los seres humanos llevamos dentro. Sin embargo, también tengo que decir que nunca la entendí, ni atendí con demasiado cuidado e interés , hasta que sucedió algo que me hizo detener mi vida un instante. Vivía yo en Zaragoza y había enviado mi currículum a unas trescientas empresas de todo tipo y de toda España (no exagero, es que los aragoneses somos así) para trabajar en aquello para lo que me había estado preparando durante muchos años de estudio en la Universidad. Esta lluvia de solicitudes, sin embargo, sólo obtuvo una respuesta: de la Conferencia Episcopal Española. Pero, casualmente, para mí fue la mejor de todas las respuestas que podía haber recibido. Aunque, para ser sincera, confesaré que, cuando me dijeron en mi casa que me llamaban de la Conferencia Episcopal, pregunté: ¿La Conferencia Episcopal? ¿Y eso qué es? (envié los currícula tirando de un listado y muchas empresas me eran desconocidas). Pasé primero un examen, después una entrevista, y, al final, me seleccionaron. Me consideré una persona muy afortunada y privilegiada por muchas razones, entre otras por poder trabajar para la Iglesia, por la que siempre había sentido una respetuosa aunque distante admiración. Y también porque, si por una parte es verdad que entraba a trabajar en una empresa más, por otra me imaginaba que los valores, los fines y el sentido con que se trabajara en la Casa de la Iglesia tendrían que ser diferentes de los de la mayor parte de las empresas que conocía. Y así fue. Pero esto fue sólo el principio, porque las gracias, dones, caricias y atenciones con que comencé de pronto a verme colmada, sin necesitarlas, incluso antes de pedirlas, fueron tantas que sería imposible enumerarlas. |
| DOS AÑOS DE LUCHA
Llegué a sentirme tan a gusto que no pensé, ¡qué suerte!, sino en Dios. Me preguntaba una y otra vez que por qué tanto a mí, Señor. Y un día, en agradecimiento. Le dije que qué quería, que me lo pidiese, que yo se lo daba. A lo que contestó que me quería toda para Él. Me pareció una broma tan graciosa que me eché a reír y no le hice caso. Lo que no me imaginaba es que, desde la retaguardia, en la sombra, suave, sigilosa y sutilmente, Él seguiría insistiendo. Su estrategia fue muy hábil: ir limando poco a poco todas las asperezas que a mis ojos podía ofrecer la vida religiosa, que no eran pocas. Para ello me buscó una residencia de monjas donde vivir en Madrid. Yo escogí esa residencia, de entre las múltiples posibilidades que se me presentaron, porque estaba muy cerca de mi trabajo, porque era muy cómoda y familiar (sólo éramos siete chicas) y porque me daban muy bien de comer; pero Él me había llevado allí porque la llevaban unas religiosas muy simpáticas, felices, naturales, sensibles, dulces y, sobre todo..., muy espirituales, de las que no tardé en encariñarme: las Madres Celadoras del Reinado del Corazón de Jesús. Una congregación muy pequeñita y poco conocida, pero muy querida de Dios, a tenor de la delicadeza, el detalle y el mimo con que siempre las ha atendido y cuidado, tanto en lo grande como en lo pequeño. Así, tras dos años de duro combate entre la razón y el Corazón, la materia y el Espíritu, lo inmanente y humano y lo Divino; tras dos años de silenciosa pero tan hermosa batalla librada contra el Señor y toda la corte celestial, me rendí felizmente vencida. Y toda para Él. No dudo que el entorno influye mucho en las personas, y que tanto el ambiente de mi trabajo como el de la residencia junto a las Madres Celadoras ha contribuido a impulsar mi vocación. Sin embargo, el toque, el soplo, la llama, la llamada, esa perla preciosa que Dios deposita suavemente un día en la concha de nuestro corazón, es algo más que un entorno o unas personas. Es verdad que, en un principio, el Señor llama a misiones que nos desbordan, pero al mismo tiempo también nos inspira sabiamente la seguridad y la tranquilidad de que el final, aunque desconocido, será bueno. La humanidad, naturalidad, espontaneidad, frescura, fidelidad, libertad y profundidad con que las Madres Celadoras viven tan unidas su carisma extender, enriquecer y engrandecer el Reino de Cristo en el siglo XXI amándonos con el Corazón de Jesús es la tierra fértil, abonada y esponjosa a la que Dios me ha arrojado para dar forma y vida a mi vocación. Esperemos echar en ella gruesas y profundas raíces para, ¡ojalá!, dar hermosos y abundantes frutos. Para mí la vida religiosa, hoy tan desestimada, no es algo que esté obsoleto. Al contrario, vivida en profundidad y con intensidad, tiene que ser apasionante. La vida es más hermosa cuando hay un ideal por el que hacemos todo. Y si ese ideal es el más elevado, el más sublime, el más noble que la mente humana es capaz de concebir ofrecer y entregar a Dios cada día, cada minuto, cada instante, alegre o triste, fácil o difícil, claro y oscuro, la vida se llena de gozo, de sentido, de belleza y de eternidad. Porque la relación con Dios, con lo Sagrado, hace al hombre más espiritual, más profundo, más humano, más sensible. Nos hace descubrir con más facilidad la riqueza de las personas, la belleza del mundo, el porqué de todo. Nos proporciona un equilibrio, una paz interior, una serenidad y una dulzura que no encontramos en la tierra. Para mí la vida religiosa ha sido y sigue siendo otra forma de alcanzar esa plenitud que todos los seres humanos anhelamos y buscamos no sabemos dónde, por el mero hecho de ser seres humanos. Sólo que unos terminan siendo poetas; otros, músicos; otros, filósofos; otros, deportistas; otros, pintores; otros, esposos; y otros..., religiosos. María del Carmen |
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