RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioCriteriosContinuar
Dar Gratis
Para qué la vida, si no es para darla? Así escribe Paul Claudel en La anunciación a María. Quien atiende a la verdad más honda de la experiencia de todo acto de amor auténtico, descubre que el corazón se le llena de gozo y la vida entera de sentido.

Un grupo de estudiantes de Económicas, llevando a cabo en su Facultad una de las Campañas de Manos Unidas, lo expresaron en una gran pancarta con este mensaje: Dar gratuitamente, la mejor inversión. Tenía que ver, ciertamente, con la lucha contra el hambre, pero también —más de lo que pudiera parecer a primera vista— con la materia académica de sus estudios y con su más eficaz aplicación en la vida.

Nada tenía que ver con la publicidad engañosa tan al uso en nuestras sociedades de consumo, según la cual no hay mayor alegría que disfrutar de un espléndido coche, ni mayor placer que usar sofisticados perfumes, pero que oculta, tras una ficticia sonrisa, el frecuentemente triste final de fiesta de una vida vacía. Aquellos universitarios explicaban en su pancarta el porqué de su mensaje: Porque hay más gozo en dar que en recibir. Difícilmente lo podrá experimentar quien nunca ha probado a dar algo realmente gratis.

Quien, por el contrario, obedece a lo más verdadero de su propio corazón, bien puede dar fe de la autenticidad de su alegría. Que se lo pregunten, si no, a los miles de voluntarios de Cáritas, realmente llenos de una riqueza que no se apolilla cuando saben vaciarse en su entrega a los más pobres e indigentes. Una sociedad con miles y miles de pobres habla bien claro de la terrible falsedad de la riqueza de sus ricos. Como habla bien claro de la falsedad de su poderío el poder que cifra toda su fuerza en el propio interés.

Lo estamos viendo estos días en el culebrón interminable de las elecciones presidenciales del país más poderoso del mundo. ¿No serían las cosas de otro modo, verdaderamente rentable, en alegría y en belleza ciertamente, pero también en plenitud humana efectiva a la larga, si, en lugar del propio, se buscase el bien común?

Hace poco lo ha dicho muy claro el Papa Juan Pablo II a los gobernantes y a los políticos, como puede comprobarse en el cuadernillo especial que ofrecemos a nuestros lectores en este número. Sus palabras valen para todos.

Los pobres y necesitados del tercer mundo, y del primero y del segundo y del cuarto, se ven beneficiados cuando reciben el don precioso de la gratuidad, pero más se beneficia aún quien ha sabido darse a sí mismo. Como aquellos estudiantes de Económicas: no sólo crecieron en caridad, ¡se hicieron mejores economistas! Sencillamente, porque somos seres dados: a quienes nos ha sido dado el ser y se nos sigue dando cada instante. Eso de que alguien se ha hecho a sí mismo, además de ser una clamorosa y ridícula falsedad, contradice las exigencias más hondas de todo corazón humano, que es radicalmente don recibido, justamente para dar, para darse. Lo contrario, encerrarse en sí mismo, ahoga y mata.