RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioDesde la feContinuar
Con ojos ...de mujer
Morir con las cámaras puestas
Alguien la describió como la Pietá contemporánea: un padre palestino, apoyado en un muro de piedras lisas y carcomidas por el tiempo, trata de proteger el cuerpo de su hijo pequeño de las balas... El chico es alcanzado por un tiro y muere... El padre también resulta herido y su cuerpo tronchado se inclina sobre el del hijo y cubre su cadáver con un gesto de compasión postrera. Las dos sangres se unen y se hace el silencio...

Y allí, en ese momento supremo de la vida, íntimo y misterioso, cuando el alma parte en búsqueda del Padre, una cámara de televisión filmaba. Implacable y sin un solo estremecimiento.

Yo ya no puedo más: mi dignidad se revuelve, en un amago-vómito de mi espíritu, cuando todas las cámaras de mundo, con ojos de pez vidrioso e impío, rebuscan la muerte entre el lodo de una inundación, entre los cascotes de un terremoto, entre los restos calcinados de un incendio. Sé que la muerte forma parte de la vida. Más: es la puerta de la verdadera Vida. No me asusta la muerte liberadora que nos llevará al abrazo de la inmensa Misericordia. Pero me niego a que nuestra franciscana Hermana Muerte se convierta en el mayor espectáculo de un mundo que, por rebuscar, no tiene reparos en entrar hasta el útero de una mujer gestante o hasta las llagas abiertas de un moribundo de sida. No: esos reductos de nacimiento y agonía son sagrados. Y condeno el sacrilegio de las cámaras que reducen los restos de un ser humano a la categoría de res de matadero.

Pilar Cambra