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Muchos presentadores, actores y actrices gastan ríos de lágrimas lamentándose de la propiedad infernal de la cámara para engordar 5 kilos en todo aquel que se le ponga a tiro. Sí, es un inconveniente de difícil disimulo. Pero esta impertinencia no sólo afecta al palmito de los galanes/as, sino también a los temas que trata. Si no existe un afán deliberado por el rigor, la televisión puede aplicar el extraño don de dilatar el material que tiene entre manos, con el añadido de la exageración, la desfiguración y hasta la combustión, como cuando el niño aplica su lupa de aumentos sobre las alas de una mariposa.
Si a esto añadimos que la noche es más proclive y cómplice a engordar la realidad, descubrimos que aquel atributo del exceso se encuentra a sus anchas. Por ello, en las parrillas de programación nocturna, las diferentes cadenas se desgañitan por enfatizar los reportajes, por mover los registros de la agresividad, por marcar más la vena de la explicitación y la búsqueda inmediata de excitación. Así, en una misma noche aparecen simultáneamente varias noticias a cual más desmesurada: como aquella de que cada otoño, con disciplina de estación, aparece una esvástica en las copas de los árboles de un bosque próximo a Berlín, gracias a una deliberada plantación de árboles realizada en su día por un grupo de las juventudes hitlerianas, o el reportaje sobre el dolor de la madre de Jonathan, multiplicado por una música del mejor Bernard Hermann para las películas de Hitchcock, o el entierro millonario de un gato en Sri Lanka, o el testimonio personal de Saulo, un extraterrestre hijo de madre terrícola y padre proveniente del planeta Europa, o las bochornosas imágenes de la batalla campal de dos equipos de fútbol uruguayos... No hay sitio para buscar la trascendencia en la normalidad, para que el espléndido conjunto de cámara Il Giardino armonico nos hable de su magnífica reinterpretación de Las cuatro estaciones, de Vivaldi, gente que no busca la novedad en lo novedoso, sino en viajar en vertical sobre el material conocido. Hay poca chance en televisión para saber de Dios en su verbo cotidiano, que nunca es desmesurado, porque en la pequeña pantalla sólo se piensa en poner altavoces al ruido y sacarle kilos de más a la realidad... Y ya sabemos que para encontrarnos con Dios no tenemos que realizar un viaje astral, con sonido de fanfarrias, sino mirar en lo escondido, para encontrarnos con ese Padre que ve en lo escondido, allí donde no hay lugar para la exageración ni el énfasis, allí donde la cámara no puede llegar. Javier Alonso Sandoica |