Estos días se celebra en Madrid un magno Congreso en torno a san Juan de Ávila, Patrono del clero español, con motivo de los cinco siglos de su nacimiento en Almodóvar del Campo. Sus restos mortales se guardan, en preciosa urna de plata, en Montilla, donde murió en 1569. En la villa se conserva la casita donde vivía retirado y achacoso los últimos quince años de su vida. Su espíritu lo mantienen vivo sus escritos, algunos conocidos de antiguo; no pocos descubiertos en nuestro siglo XX, editados en 1971 con motivo de su canonización, y en el momento actual en trance de nueva edición.
A los que nos habituamos a llamarle Beato durante buena parte de nuestra vida casi nos cuesta llamarlo Santo. Lo canonizó Pablo VI el 31 de mayo de 1970 y destacó en él la firmeza en la verdadera fe, el auténtico amor a la Iglesia, la fidelidad al Concilio de Trento, la calidad profética de su magisterio, su santidad, en suma. A pesar de ello sigue siendo en buena parte desconocido. Universitario en Salamanca y Alcalá, misionero frustrado en su deseo de pasar a América, consumió su vida en tierras andaluzas y extremeñas catequizando y evangelizando al pueblo sencillo, regenerando el espíritu de los sacerdotes, derrochando entusiasmo y sólida doctrina, empujando hacia la santidad a espíritus selectos. El Maestro Ávila: así lo consideraron los gigantes de su tiempo: san Juan de Dios, convertido por él, san Francisco de Borja, san Ignacio de Loyola, que estuvo dispuesto a admitirlo en la naciente Compañía; san Pedro de Alcántara; y hacia el final de su vida hasta la propia santa Teresa de Jesús. Lo estimó más tarde san Francisco de Sales, y el célebre cardenal francés Berrulle decía que viniera a España, si viviera Ávila, por confesarse con él.
|