RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioDesde la feContinuar
El profesor Gustavo Villapalos habla para Alfa y Omega
La división entre fe y vida
es profundamente peligrosa
La Gran Cruz de San Gregorio Magno es la más alta condecoración con la que el Santo Padre distingue y agradece a un fiel laico su servicio generoso y eficaz a la Iglesia. Recientemente le fue concedida al profesor Gustavo Villapalos, ex-Rector de la Universidad Complutense y, en la actualidad, Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid. Pedimos al profesor Villapalos una valoración de lo que significa para él este reconocimiento eclesial:

¿Cuál es su primera valoración e impresión personal de lo que significa la Gran Cruz de San Gregorio Magno?

Mi primer sentimiento es de gratitud, me siento profundamente agradecido a Su Santidad el Papa, Juan Pablo II, por haber tenido a bien concederme la Gran Cruz de Caballero de la Orden de San Gregorio Magno. Mi agradecimiento es profundo, salido de lo más hondo de mi sentimiento como persona, que no se siente merecedora de tal distinción, y al mismo tiempo es un estímulo para el compromiso que todo cristiano debe tener con la sociedad.

Como fue muy emotiva la presencia de su madre al concederle la Gran Cruz de San Gregorio, sería muy bonito saber qué dijo y cómo ha recibido ella este honor de la Iglesia a su hijo.

Recibió con profunda alegría la concesión, como madre y como cristiana. Como madre porque venía a ratificar que sus cuidados habían encaminado a su hijo por el camino del buen cristiano, y, como persona, porque había tenido un hijo que a los ojos de la Iglesia había sido merecedor de tan alta distinción.

Como Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid, es del mayor interés conocer su juicio sobre las relaciones fe-cultura hoy en España.

En mi opinión, la visión del mundo que da la cultura desde el ámbito de ciencias tan distintas como la física, la biología, la antropología o la teoría de la historia, etc., se aleja profundamente del ingenuo positivismo del siglo pasado, que se encerraba en la proclamación de que Dios había muerto y era la ciencia la que vivía. La ilusión, por ejemplo, del evolucionismo de que el hombre era un ser biológicamente necesario, no se sostiene hoy. Sabemos que es un fallo de los perfectísimos mecanismos de las leyes de la replicación y la invariancia del ADN lo que permite la evolución que llega hasta él. El hombre es un accidente de trabajo de la naturaleza, explicable, según Monod, desde el punto de vista de la acción del azar. Lo que la ciencia y la cultura de hoy no puede explicar es por qué es azarosa, quién es el Señor del azar y si ésta no se encuentra tele o económicamente dirigida por una mano providente. En este sentido, las conclusiones de la cultura científica de este fin de siglo son mucho más compatibles con la actitud de la fe que las del positivismo del pasado siglo. Esto, que es válido para el mundo, lo es también para España.

Parece existir una perniciosa esquizofrenia entre religión, de una parte, y vida, de otra. ¿Hasta qué punto esto sucede entre nosotros y condiciona una vivencia comprometida de la fe? En muchas personas se produce una fractura esquizofrénica entre sus creencias y los argumentos ilustrados que emplean para justificar fenómenos totalmente contrarios a lo que la fe y su moral subsiguiente ordena. Profesionales católicos en el mundo del Derecho, de la Medicina, de la Ciencia, etc., defienden posiciones contrarias a las de la fe, en temas como el origen y la intangibilidad de la vida humana, la ordenación de la justicia, la validez incondicional del precepto moral. Predomina hoy un relativismo filosófico, incluso teológico, enormemente peligroso y que produce en los creyentes una profunda división entre fe y vida.

DIMENSIÓN SOCIAL DE LA FE


Incluso entre quienes se dicen católicos parece aumentar la convicción de que todo lo referido a la religión y a la moral es algo que debe quedar reducido a la propia conciencia privada. ¿No es una muy peligrosa reducción, que está pasando una muy cara factura a nuestro catolicismo?

La fe gratis data a cada hombre por Dios tiene que tener una profunda dimensión social, toda vez que dentro de la Revelación se contiene el precepto de la extensión del reino de Dios. Una fe que renunciase a construir una sociedad inspirada en los principios cristianos y a trasladar, con respeto a la libertad individual, las vivencias en esa convicción, o es una falsa fe o es una fe muerta. Nada tan peligroso como querer reducir la fe al ámbito de la intimidad de las creencias, olvidando el mandato de llevar la verdad a todos los hombres.

¿Cuál es su criterio sobre la última Declaración Dominus Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe, frente a los abusos del relativismo rampante, y a la luz de la última encíclica de Juan Pablo II Fides et ratio?

La Declaración Dominus Iesus no supone ninguna novedad en la doctrina de la Iglesia. Había sido ya anticipada por Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio, por no hablar de la doctrina coincidente de sus antecesores. La Congregación para la Doctrina de la Fe ha reiterado en los últimos tres años, al menos en cuatro ocasiones, el contenido expuesto en la última Declaración. Presentar ésta como una novedad en la doctrina de la Iglesia es algo que no se sostiene.

En cuanto a su contenido, éste va dirigido más a posiciones inaceptables de algunos escritores y teólogos católicos que a las otras confesiones o religiones. El asunto central que aborda esta Declaración no es sino poner de relieve, una vez más, que el relativismo teológico lleva en el fondo a un escepticismo sobre el papel de la Iglesia como transmisora del depositum fidei. La verdad no puede estar repartida en partes alícuotas entre las distintas confesiones, sin perjuicio de que el que practique rectamente una religión salvífica debe salvarse.

Las acusaciones de intolerancia hechas a la Dominus Iesus, o las de los que afirman que ésta dice cosas que no dice, como que fuera de la Iglesia no hay salvación, no pueden sostenerse. Para mí, además, la Dominus Iesus debería constituir un sonoro toque de atención para los responsables de tantas revistas teológicas entregadas al más puro escepticismo. Acaso los superiores de quienes dirigen esas revistas, la mayoría de ellos desde congregaciones o asociaciones católicas, deberían preguntarse qué papel juegan, ellos y sus instituciones, en el seno de la Iglesia.