RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Primer Domingo de Adviento
Levantaos, alzad la cabeza...
Quizá sorprenda a los lectores de este evangelio que el tiempo de Adviento comience con un pasaje que, en lugar de hablar de la venida de Cristo en la carne y preparar así la Navidad, nos presente al Cristo con poder y gloria que vendrá al fin de los tiempos para concluir la Historia. Lejos de invitar al gozo de la Navidad, el evangelio de este domingo nos sobrecoge con sus imágenes terribles de lo que se le viene encima al mundo. Y el mismo Señor nos invita a pedir fuerza para escapar de lo que está por venir. ¿Es esto un modo de anunciar la alegría de la Navidad? ¿No hay otros evangelios más cercanos al mensaje entrañable de la venida de Cristo en nuestra propia carne?

Digamos, en primer lugar, que la primera venida de Cristo, su nacimiento en Belén de Judá, inaugura lo que la Palabra de Dios llama últimos tiempos. Al enviarnos Dios a su propio Hijo, acabó el tiempo de las promesas y preparaciones y comenzó la etapa del cumplimiento. El tiempo, con el nacimiento de Cristo, llegó a su etapa final y definitiva y alcanzó su madurez. Eso es lo que dice tan solemnemente La epístola a los Hebreos, cuando afirma que Dios en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo. Aunque parezca paradógico, la primera venida es el compás inicial de la última. El niño de Belén es el Hijo de Dios que un día se manifestará con majestad como Juez de todos los hombres.

Dicho esto, se comprende, en segundo lugar, que el Adviento sea una invitación a decidirnos por Cristo y, por tanto, a recibirlo como Juez de nuestras vidas. Ese Cristo que viene en la pequeñez y humildad de nuestra carne juzga ya, desde el pesebre, el modo pagano de nuestro vivir. El Adviento nos recuerda que Dios está a punto de venir y nos invita a salir de nuestro pecado y de nuestros comportamientos mundanos, esos de los que, en muchas ocasiones, hacemos gala en las fiestas de Navidad: la mente embotada con el vicio, la bebida y los agobios de la vida. Por eso el Adviento nos invita a alzar la cabeza y mirar a Cristo como nuestra liberación. Si un día queremos mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre y ser juzgados con justicia y misericordia, ya ahora, en este momento final de la Historia, debemos esperar despiertos su venida actual y acogerlo de corazón. Debemos contrastar nuestra vida con la suya y dejarnos juzgar por Él. No hay tiempo que perder: Dios ha entrado definitivamente en nuestra vida y su Hijo Jesucristo es, al mismo tiempo, la Palabra que nos salva y la Palabra que nos juzga. De ahí que el Adviento nos invite a levantarnos y decidirnos por Él.

+ César Franco