RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
Nosotros esperamos al Salvador. En verdad, la espera de los justos es leticia, desde el momento que éstos esperan la bienaventurada esperanza y la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. ¿Cuál es mi espera —dice el justo—, sino el Señor?

¡Oh, espera de las gentes! No quedarán decepcionados todos aquellos que te esperan. Te han esperado nuestros padres; todos los justos, desde el origen del mundo, han esperado en ti y no han quedado confudidos. Ya cuando fue recibida tu misericordia en el coro de tu templo, coros alegres hicieron sentir sus alabanzas y cantaron: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! He esperado sin cansarme al Señor, y Él ha vuelto a mí su mirada. Después, reconociendo en la humildad de la carne la majestad divina, dijeron: He aquí, ¡es nuestro Dios! Nosotros lo hemos esperado, ¡Él nos salvará! Él es el Señor; ¡nosotros lo hemos esperado con paciencia, ¡exultaremos y nos alegraremos en su salvación!

Pero la Iglesia, que en los antiguos justos esperó la primera venida, espera del mismo modo la segunda en los justos de la nueva Alianza. Y como estaba segura de ver saldado, con la primera, el precio de la redención, así está segura de que la segunda le aportará el fruto de la remuneración. Ansionsa por esta espera y esta esperanza, por encima de las cosas de la tierra, aspira con igual alegría al ardor de los bienes eternos. Mientras otros se afanan en buscar aquí abajo su felicidad y, sin esperar que se cumpla el designio del Señor, se precipitan por acaparar el botín que les ofrece el mundo, el hombre feliz pone su esperanza en el Señor y no fija su mirada sobre la vanidad y sobre las engañosas locuras, evitando así las inmundicias. Hablándose a sí mismo, se consuela con estas palabras: Mi heredad es el Señor, ha dicho mi alma; por esto lo esperaré. El Señor es bueno con aquellos que esperan en Él. Está bien esperar en el silencio la salvación de Dios. Señor, yo sobreabundo de esperanza en tu palabra.

Aunque se haga esperar, yo lo esperaré, porque vendrá sin duda alguna y no tardará.

San Hilario de Poitiers