RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioMundoContinuar
Congreso del laicado católico en su Jubileo
¡No tengáis miedo: sed santos!
Desde el pasado sábado día 25 hasta hoy jueves se ha venido celebrando en Roma el Congreso del laicado católico bajo el título Testigos de Cristo en el nuevo milenio. Días antes, fue presentado a los medios en el aula Juan Pablo II por el cardenal James Francis Stafford, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, el arzobispo monseñor Stanislaw Rylko y el profesor Guzmán Carriquiry, Secretrario y Subsecretario, respectivamente, de dicho Consejo Pontificio. Este Congreso coincide con el Jubileo especial del apostolado de los laicos, que presidió el Santo Padre el domingo pasado en la plaza de San Pedro.

En la homilía de la Eucaristía culminante, el Pontífice fue claro: Ser cristianos no ha sido nunca fácil, y tampoco lo es hoy. Seguir a Cristo exige el valor de opciones radicales, que con frecuencia van contra corriente.

Juan Pablo II anunció que, con el Concilio Vaticano II, ha llegado realmente la hora del laicado, e invitó a todos a volver a él. Treinta y cinco años después de su conclusión —dijo en la homilía—, es necesario volver a tomar entre las manos los documentos del Vaticano II, para redescubrir su gran riqueza de estímulos doctrinales y pastorales. Debéis hacerlo en particular vosotros, los laicos, a quienes el Concilio abrió extraordinariamente vías de participación en el empeño y en la misión de la Iglesia.

Para afrontar toda esta apasionante misión, el Pontífice entregó a los laicos un instrumento privilegiado, los documentos del Concilio Vaticano II, gracias a los cuales los hombres y mujeres cristianos sumergidos en el mundo han comprendido con más claridad su propia vocación cristiana que, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado.

TESTIGOS DE ESPERANZA


El Papa recordó que no puede haber cristiano que no sea misionero, y que el anuncio del Amor forma parte de la identidad cristiana. Ahora bien, la gran novedad es que la Iglesia, como él mismo reconoció, es que los auténticos misioneros del tercer milenio serán precisamente los laicos, pues el hombre contemporáneo escucha más fácilmente a los testigos que a los maestros. De hecho, si escucha a los maestros, lo hace cuando son testigos.

Ésta ha sido la cuestión que ha acaparado los debates entre los participantes en el Congreso del laicado católico (representantes laicos enviados por las Conferencias Episcopales, líderes de movimientos y organizaciones eclesiales, representantes del mundo del trabajo y de las actividades humanas).

Pedro Morandé, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica de Santiago de Chile, y uno de los intelectuales católicos de mayor influencia en estos momentos en Iberoamérica, resumió con estas palabras la esencia del testimonio cristiano ante el nuevo milenio: La libertad que brota cuando el ser humano alcanza la certeza de la verdad es el testimonio de esperanza que el mundo necesita.

Morandé analizó esa difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso. Ahora bien, ante esta situación de desesperanza, el cristianismo presenta razones para creer: Cuando Dios es reconocido como Dios y el ser humano como criatura, los falsos ídolos enmudecen y aflora la libertad como dimensión ontológica de la persona, no concedida por poder social alguno, sino inscrita en la misma naturaleza de la razón humana.

Este Congreso continúa, ideal y concretamente —como indicó el cardenal Stafford en la presentación—, la gran tradición de los encuentros del laicado católico internacional, desarrollados ya sea antes o después del Concilio Vaticano II, tan significativas en el camino de participación de lo laicos en la misión universal de la Iglesia. El primero de estos Congresos, en 1951, surgió de la iniciativa misma de los laicos, especialmente de Vittorino Veronesi.

Este Congreso —añadió también el cardenal Presidente del Consejo Pontificio para los laicos— es una ocasión muy especial para que los laicos den razón de la fe, para testimoniarla y comunicarla en todos los ambientes, las áreas geográficas, las situaciones de vida del mundo de hoy día.

Alfa y Omega