RetrocesoA&ONº 236/30-XI-2000SumarioTestimonioContinuar
De la droga... al Seminario
Me llamo Guillermo. Tengo 24 años, y creo en Dios. A los 14 años inicié el Camino Neocatecumenal, y he visto los milagros que el Señor ha obrado en mí.

Después me inicié en el mundo de la droga, entonces vivía en San Fernando (Cádiz), y seguía asistiendo a las celebraciones en la parroquia de San José Artesano. Tengo que decir que nunca la Iglesia me ha dado la espalda por mi condición, al contrario, me ha ayudado en la medida de lo posible. Un día emigré con mi familia a Cataluña, a un pueblo de Gerona, llamado Arbucias; estuve como 5 años alejado de la Iglesia, me monté mi vida a mi manera y así me enganché mucho más a la droga (cocaína). Un día se vinieron a vivir aquí, en Arbucias, mi prima con su marido. Me incitaron a volver al Camino, yo fui porque estaba en las últimas; ni el centro de desintoxicación de Gerona podía ayudarme en aquellas condiciones. Lo cierto es que el volver a la Iglesia, y el estar en contacto con Dios, ¡vaya si me ayudó!; ahora llevo 1 año y tres meses abstinente en la droga, y más de 2 en el alcohol; veo que Dios me ha perdonado.

Hoy puedo decir que el Señor me ha regalado una vocación hacia el sacerdocio; he podido confirmar mi vocación, primero, en marzo en Tierra Santa, en la peregrinación con el Santo Padre, y después en Roma. Yo fui uno de los 3.000 jóvenes que dieron el sí al Señor y 2.000 chicas que se comprometieron también en el Circo Máximo, en Roma. Con todo esto quiero decir que en Dios hay una fuerza; que, desde vuestro semanario, quiero lanzar un grito de esperanza a aquellos jóvenes que están esclavizados en la maldita droga. Es muy importante que empiecen su recuperación en un centro especializado, pero a mí lo que me llevó a dejar la droga tan radicalmente fue un encuentro con Jesucristo. Arriesgué un poquito por Él, y Él lo ha convertido en bendiciones. Por eso les digo a estos jóvenes que se acerquen a su parroquia más cercana y entren, con espíritu de humildad, en oración al Señor, y yo les aseguro que el Señor no dejará en el abismo su grito de desesperación.

Guillermo Alberto Hernández