RetrocesoA&ONº 228/5-X-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Ha sucedido algo importante: ¿vamos a callarlo?
Una explosión de fuerza y de vitalidad. Un fogonazo de esperanza… Pero apenas nos hemos enterado…¡Psss…! ¡Silencio…! ¡Qué se enteren los menos posibles! Hay que ponerle sordina. Hay que seguir afirmando y repitiendo y volviendo a repetir que aquello ya se acabó. Y que, sobre todo, entre los jóvenes, nada de nada.

Hago un esfuerzo máximo de objetivización. Me empeño en analizarlo al margen de todo entusiasmo: una multitud de dos millones de jóvenes, reunidos varios días; llegados de todos los países del mundo; convocados por un anciano; que les va a pedir esfuerzo, entrega, generosidad, cumplimiento del deber y aun sacrificio… Y tal multitud de jóvenes tiene un comportamiento cívico que admira al mismo alcalde de la ciudad en la que se han aglomerado, en los días más exageradamente calurosos del año. No ha habido ningún incidente; la organización ha sido perfecta. Ha habido alegría a raudales, pero ni riñas, ni enfrentamientos, ni destrucción urbana…

Los periódicos, las televisiones españolas informaron, sí, claro. Cada cual a su manera. A algunos, fue evidente que les sentaba muy mal aquello: los primeros días, cachondeíto, tomaduras de pelo por cualquier detalle accidental, y silencio de lo importante; después, ante la evidencia, media columna por aquí y una foto ridícula por allá. Pero… lo sustancial, a callarlo, a silenciarlo pronto. Otros —de los que en principio cabría esperar una valoración más objetiva, porque, por su misma titularidad pública, están obligados a ello…—, apenas nada, y en las horas menos mollares. Así, nuestras emisoras de televisión.

Cabría hacer un estudio comparativo sobre el tratamiento dado por los medios de comunicación españoles a la XV Jornada Mundial de la Juventud, convocada por Juan Pablo II en Roma, y el dado por esos mismos medios a cualquier concierto bullicioso que reúna a unos cuantos miles de jóvenes y organicen algun escándalo nocturno. Recuerdo el mayo del 68. El cacareo mediático fue universal, con eco durante meses y años. Y como los medios hacen hoy la Historia, el mayo francés está en los libros. Incluso se hacen cabriolas intelectuales para relacionarlo con la modernidad, la postmodernidad… ¿Qué ha cambiado de verdad el mayo del 68? ¿Se acabó la Universidad, como parecía? Los jóvenes, la mayoría, siguen haciendo sus carreras, buscándose un futuro, completando sus curricula

Incluso algunos de los revolucionarios de entonces están hoy integrados bochornosamente en pleno sistema. Pero el mayo francés, en el podium de los medios, queda como un tópico, como una referencia, como algo importante que pretende sostener un estilo, un pensamiento, una idea. En cambio, para dos millones de jóvenes que creen en el espíritu, que no vienen a destruir nada, sino a afirmar lo mejor de siempre —que el hombre es algo más que materia—, ¡silencio! Que el mundo no se entere demasiado. Y que el eco pase lo antes posible.

Dos millones de jóvenes que, con todas las variantes, con todas las nuevas improntas, con formas y estilos diferentes de sus padres y abuelos —¡naturalmente!— creen en Cristo y empalman con la esencia fundamental de eso, lo único que cambió verdaderamente la historia del mundo: nada de esclavitudes; todos hermanos, porque hijos del mismo Padre, Creador y Salvador. Dos millones de jóvenes, congregados para cantar y proclamar eso. Una de las mayores multitudes reunidas en la historia de la Humanidad, con un sentir fundamental idéntico, que busca una respuesta a las más profundas interrogantes del ser humano: qué es la vida, para qué la vivimos, cuál es nuestro último destino, cuál la razón última de mi relación con los demás…

Cuando las voces más sonoras se esfuerzan en decirle al hombre que sólo es materia, que el único conocimiento del que es capaz es el del positivismo técnico —lo que veo y lo que toco—, dos millones de jóvenes gritan al mundo que creen en algo más, que sienten el hueco, la huella de algo —de Alguien— superior en el fondo de su ser y que esa huella se la ha venido a llenar el mensaje que hace 2.000 años nos dejó Jesús el Galileo.

Dos millones de jóvenes que son una representación, sin duda, de muchísimos más. En Roma no estaban todos. ¿Cuántos creen en ese Cristo y asumen el misterio que sigue siendo la vida humana, buscando una respuesta trascendente? Pero, ¿no decían que eso se había acabado? Llevan veinte siglos repitiéndolo. Y los que se han ido acabando siempre son, precisamente, esos que lo repiten. ¿Qué queda de ellos? Pero ahí está, incólumne, Pedro confirmando a sus hermanos, según el mandato que le dio quien tenía poder para dárselo.

Han pasado ya dos meses desde ese hecho histórico de los dos millones de jóvenes con Juan Pablo II. Y apenas nadie ha empezado a analizar el por qué del empeño en silenciarlo —o en disminuirlo con la frivolidad o la burla— de nuestros medios de comunicación. Pero el mundo tiene la esperanza de que una inmensa multitud de jóvenes en todo el mundo cree, espera y ama. Vosotros sois la sal de la tierra.

Venancio-Luis Agudo