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Mi voluntad dice el rey, que simboliza a Cristo es de conquistar toda la tierra; por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria como la ha tenido en los trabajos. De este modo tan sencillo y tan concreto presenta san Ignacio de Loyola la meditación del Rey temporal en sus Ejercicios Espirituales, que toca el centro mismo de la vida de todo ser humano, marcado por el deseo infinito de su corazón, y que puede bien definir a la Compañía por él fundada, ya desde el comienzo extendiéndose a lo largo y ancho de mundo. Definición, por otra parte, que corresponde al propio ser y obrar de la Iglesia.
La Iglesia, universal, existe y se realiza en cada Iglesia particular, presidida por un sucesor de los Apóstoles. De modo semejante es preciso recordar que es el ser mismo de la única Iglesia de Cristo el que se realiza en cada una de las asociaciones de fieles, de sacerdotes o de religiosos que incesantemente han surgido en ella desde el principio. Esta identificación de la Iglesia en cada uno de sus miembros o grupos de miembros aparece, nítida y sencilla, en la Compañía de Jesús, concretada en su cuarto voto de especial obediencia al Papa y en su abrazo universal, a la tierra entera. Hoy según testimonia su Prepósito General en la entrevista concedida a nuestro semanario como ayer y así lo testimonia el interminable ejército de misioneros jesuitas, tan ejemplar y significativamente representado en san Francisco Javier la Compañía de Jesús es testigo viviente de que el llamamiento de su Rey no es ideología ni sentimentalismo, sino la respuesta verdadera a la sed de felicidad infinita que abrasa todo corazón humano: la mayor gloria de Dios proclamada por la Compañía como su lema distintivo es, exactamente, la mayor gloria del hombre, tal y como lo expresa la citada meditación ignaciana, ya en la aplicación concreta a Cristo: Por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena también me siga en la gloria. |
| El abismo del que habla el padre Kolvenbach, con el que certeramente define ese drama de nuestro tiempo que, en palabras del Papa Pablo VI, es la separación entre la fe y la vida concreta de los hombres, constituye sin duda un reto vivísimo para la Compañía de Jesús, y para todos los católicos. Nadie mejor que el santo de Loyola para enseñarnos a afrontarlo, como cuestión vital, en primerísimo lugar para el hombre, y por eso mismo para la Iglesia, camino del hombre, que alejado de la fe, es decir, de la gloria de Dios, camina inexorablemente hacia el abismo de su fracaso definitivo.
En Alfa y Omega lo dejó escrito, y magistralmente sintetizado, el cardenal Ángel Suquía, bajo el título El vasco más universal de la Historia: La inmutada adhesión a la fe católica, el cumplimiento de determinadas y tradicionales prácticas religiosas, el apego a costumbres de los antepasados, una cierta timidez, la ternura oculta bajo el pudor, la capacidad de concentración, el espíritu reflexivo y lento, la iniciativa y la audacia posterior a la reflexión y una firmeza, junto al sentido práctico para mantener las propias decisiones, son algunos de los caracteres más destacados del temperamento vasco. En Íñigo de Loyola a quien otro vasco insigne, don Miguel de Unamuno, definió como el caballero andante de la Iglesia, el hijo de la tenacidad paciente aparecen todos, en la edad adulta, sublimados por la gracia sobrenatural y orientados hacia la suprema empresa: el mayor servicio y la mayor gloria de Dios. No sólo los jesuitas; todos tenemos en san Ignacio un claro punto de referencia ante el tercer milenio cristiano ¿el de la evangelización de China y de Asia entera?. Basta que, como él, sigamos esa llamada que corresponde a la exigencia básica y fundamental de todo ser humano, y que resuena en la VII parte de las Constituciones de la Compañía de Jesús: El bien, cuanto es más universal, es más divino. Y, justamente por eso, más humano. |