Érase una vez un cocinero que cocinaba sueños. Era un hombre alto y listo que siempre estaba de buen humor. Llevaba un gorro de color rojo y un traje con rayas y cuadrados.
El cocinero guardaba los sueños en un cofre, y luego los echaba a una cacerola. Porque el cocinero cocinaba sueños. Eran unos sueños maravillosos. Tanto, que todo el mundo se los quería quedar. Cuando alguien se los comía, los sueños se hacían realidad.
Los niños le enviaban los sueños por correo. Él los cocinaba y se los devolvía, pero, algunas veces, al cocinero se le quemaban los sueños, y entonces éstos se convertían en pesadillas.
Había un ladrón, bajito y con bigotes, que llevaba un antifaz negro y casi siempre se vestía de ese color. El ladrón quería robar los sueños, esperando a que se fuese a dormir y así él podría robar los sueños de la cacerola.
Un día el cocinero se durmió, y el ladrón saltó por la ventana y fue a robar la cacerola. Los sueños se convirtieron en pesadillas. Porque cuando a los sueños les ocurría algo malo se convertían en pesadillas.
El ladrón se asustó y fue corriendo a decírselo al pueblo, y dijo: ¡No volváis a darle al cocinero los sueños, o se convertirán en pesadillas!
El cocinero echó una pócima al agua. Cuando la gente fue a beber, se quedó dormida. Entonces él les quitó los sueños, los cocinó y se los dió a la gente. Desde entonces todo el mundo volvió a creer en él. Fin