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Reflexiones en torno a la nueva Ley del Cine
Entre el arte y la industria
El Secretario de Estado de Cultura, Luis Alberto de Cuenca, recibió recientemente su bautismo político al exponer en el Parlamento los proyectos del Ministerio, entre los que destacaba la Ley del Cine, definida por los medios de comunicación como la liberalización del séptimo arte, y que verá la luz antes de fin de año. Dicha ley puede ser polémica, porque no hay cosas más heterogéneas que el arte y la industria, y tal texto legal tiene la difícil tarea de lidiar con ambas como si fuesen dos caras de la misma moneda.

El joven diputado nacionalista Ignasi Guardans, nieto de Cambó, es un amante del cine, y muchas noches, cuando pernocta en Madrid por razones de la agenda parlamentaria, se mete en un cine para disfrutar de una de sus mayores aficiones. Luis Alberto de Cuenca es otro cinéfilo, en este caso público, por su participación en el televisivo ¡Qué grande es el cine!, de Garci, y su pertenencia al Círculo de Escritores Cinematográficos. Si ambos aman al cine ¿por qué se enfrentaron el otro día en la Carrera de San Jerónimo, uno por atacar y otro por defender el proyecto de Ley del Cine?

?La principal razón está en el anuncio ministerial de la progresiva eliminación de la llamada cuota de pantalla. Esta cuota, existente desde hace años, obliga a los exhibidores —los dueños de los cines— a programar un porcentaje determinado de cine europeo —normalmente español—, para que no sea asfixiado por la dominación hegemónica del imperio americano. Al empresario que tiene cincuenta salas no le causa problema la cuota de pantalla. Siempre tendrá una salita más pequeña para los amantes del cine autóctono o de autor. Sin embargo, por poner un ejemplo, el sufrido y heróico dueño del cine Lope de Vega, de Calahorra, cada vez que le toca poner una película no americana, sabe que le va a costar dinero. No obstante, parece lógico proteger el cine nacional. ¿Quién tiene razón, De Cuenca o Guardans? ¿Qué es más justo, el abstracto punto de vista del cine español, o la perspectiva concreta del esquilmado exhibidor tradicional? Vaya usted a saber. Pero lo que parece claro es que la eliminación de la cuota de pantalla va a depurar nuestro cine. Sólo se exhibirán las películas que presumiblemente vayan a dar mucho dinero. Y ¿cuáles son? Las que previamente han sido muy promocionadas y anunciadas. El sudor de los ruiseñores, de Juanma Cotelo, y La herida luminosa, de Garci, eran buenas y no dieron un duro. Amenábar, Alex de la Iglesia y Santiago Segura hacen taquilla porque los tenemos hasta en la sopa.

Nuestra esperanza está en una tercera vía: las películas que, por ser buenas, se autopromocionan, como le ocurrió a Solas, de Zambrano. La frase entre amigos Vete a ver "Solas" que está fenomenal dio un vuelco al plan de taquilla inicial del film.

Esto de conjugar arte con industria es como sumar peras y manzanas, pero el hecho es que, como decía René Clair, no hay forma de separarlos. Uno puede optar por minimizar el factor de ganancia económica, como Dreyer o Victor Erice, y otro puede optar por el maximalismo del beneficio empresarial, como Andrés Vicente Gómez. Es difícil el equilibrio entre arte y dinero, al estilo Kubrick o Spielberg. En España es más difícil aún. Pero se puede conseguir. El Abuelo, Solas, La buena estrella... son algunos ejemplos. Si la nueva ley va a favorecer este cine, que sea bienvenida; si va a favorecer Chiquitos y Torrentes, más vale entregarnos definitivamente al gran hermano americano.

Lo que sí debemos hacer es quedarnos con la receta: ir a ver el buen cine y recomendarlo a los demás es la única manera de garantizar su pervivencia. El futuro del cine como arte depende de cómo nos gastemos el dinero frente a la taquilla del cine. Es una interesante responsabilidad ¿no?

Juan Orellana