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Cruzaba el semáforo aprisa, sin dejar de hablar por el móvil; dos de los conductores de autos, detenidos ante la luz roja, también hablaban y discutían aparentemente solos; en un banco del paseo dos adolescentes reían, sin mirarse, parloteando igualmente con sus móviles; luego, en el autobús, sonaron los timbres de tres o cuatro más. Y en la oficina, ante sus pantallas de ordenador, se tecleaban mensajes por Internet, por correo electrónico, mientras en un rincón ronroneaba suavemente un fax, que dejaba folios repletos de palabras en su bandeja
El teletexto, el telediario, el boletín radiofónico ; es que vivimos la era de la comunicación, justo, justo en la hora en que sociólogos, psicólogos, psiquiatras y mujeres y hombres de la calle perciben, de día en día, la soledad creciente que aqueja a nuestras sociedades desarrolladas. Podemos hablar, pero no escuchamos. Podemos decir lo que llevamos dentro a más gente, en un instante; pero estamos solos. Sentimos, agarrados al móvil, una angustia creciente de preguntas que nadie recibe; un silencio opresivo, disimulado por auriculares de radios de bolsillo o de walkman. Justo hoy, cuando más podemos hablar, menos decimos. Estamos hablando y hay silencios de Dios; quizá porque no marcamos su número de teléfono o su web, o no sintonizamos su frecuencia. Bastaría, quizá, con que te volvieras y, al que está al lado, en ese instante le dijeras sonriendo: Buenos días nos dé Dios. Ana Álvarez de Lara |