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Como los lectores de Alfa y Omega sabrán, la semana anterior se produjo en Italia un escándalo de considerables proporciones, al emitirse en dos Telediarios de la RAI una serie de imágenes de algunos vídeos requisados por la policía italiana a una red de pederastia homosexual.
No voy a entrar ni en los terribles pormenores de la realidad en sí, ni en el escándalo informativo que ha supuesto el modo de informar de esa realidad por parte de la RAI, sino que, al hilo de estos tremendos sucesos, quiero que reflexionemos de nuevo sobre algunos de los aspectos de la influencia de la televisión. Me acordaba de esa anécdota que cuentan del gran psiquiatra vienés Victor E. Frankl. El padre de la logoterapia acababa de terminar su primer periplo por diversas Universidades norteamericanas y, en una rueda de prensa, alguien le preguntó su parecer acerca de la sociedad norteamericana. La respuesta de Frankl fue: No estaría mal que, así como habéis puesto la estatua de la Libertad en la Costa Este, pusiérais una estatua de la Responsabilidad en la Costa Oeste. No estaría nada mal que los empresarios y programadores de las cadenas de televisión hicieran caso al consejo de Frankl. Pensando sobre todo, en España, en las dos privadas y en algunas autonómicas, la hipersexualización y obsexión, la vulgaridad y la cutrez, y el intento de la normalización de lo anormal son tan constantes y evidentes que su responsabilidad en la deshumanización y deshominización de la sociedad e, incluso, en el aumento de los delitos sexuales parece igualmente clara, si bien no pueden demostrarse empíricamente. He estado hace poco en Buenos Aires, participando en varios foros científico-informativos. Allí la realidad comunicativo-televisiva es bien distinta a la española. Hay decenas de pequeñas emisoras, algunas de ellas especializadas, que llegan a los hogares a través del cable. Además de que los argentinos tienen muchas más posibilidades de elección, allá, gracias a Dios, no ha llegado la telebasura. Pero tienen miedo a que llegue de manos de la compra, por parte de Telefónica, de varios canales para aglomerarlos. Dios quiera que resistamos la presión y no dejemos que, de su país, nos llegue la corrupción televisiva, me decía uno de mis colegas bonaerenses. Dios quiera que ni siquiera lo intenten, porque antes, en España, rectifiquen. ¿Milagro? Sí, y muy gordo. Pero los milagros pueden conseguirse... Por lo pronto habrá que rezar para que se piense, al menos, en la estatua de la Responsabilidad. Gabriel Galdón |