RetrocesoA&ONº 228/5-X-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXVII Domingo del tiempo ordinario
El Intérprete
La trampa está tendida. Los fariseos pretenden sorprender a Jesús en una crítica abierta a Moisés, cuya autoridad era indiscutible en Israel. La autoridad de Jesús, sin embargo, se reafirmaba cada vez más entre la gente, de modo que, para muchos, su enseñanza gozaba de un prestigio superior al de los escribas y fariseos. La pregunta del evangelio de este domingo, acerca del divorcio, pone a Jesús en un aprieto: contradecir el permiso de repudio, dado por Moisés, significaba situarse por encima de él, es decir, con autoridad divina, puesto que Moisés había recibido la ley del mismo Dios. Jesús, por tanto, podía ser acusado de heterodoxia ante el tribunal judío.

Como en otras ocasiones, Jesús esquiva la trampa mediante un giro que apunta al corazón de sus interlocutores y los pone al descubierto. Salva la autoridad de Moisés apelando a la dureza del corazón que le obligó, no a prescribir el divorcio, sino a permitir el libelo de repudio, que, de alguna manera, protegía los derechos de la mujer despedida ante un futuro marido. Pero lo más interesante de la respuesta de Jesús es la interpretación que hace de la voluntad de Dios sobre el hombre y la mujer, apelando al acto mismo de la creación. Las palabras, al comienzo de la creación, dejan claro que Jesús fundamenta la enseñanza de la indisolubilidad y unidad del matrimonio en lo que Dios ha hecho y que atestigua la cita del libro del Génesis. Esta acción de Dios en el principio del orden creado no puede ser puesta en entredicho ni por Moisés, ni por hombre alguno que pretenda corregir, no una letra escrita, sino la voluntad expresa de Dios inscrita por su amor y verdad en el corazón del hombre.

La dureza del corazón del hombre ofusca frecuentemente la luz que Dios ha puesto en su interior al crearlo. Es la dureza y obstinación del hombre, criticada duramente por los profetas, lo que le impide ver el camino de su realización trazado por Dios. De ahí que venga como anillo al dedo la imagen del niño como símbolo de la sencillez y confianza necesarias para acoger el Reino de Dios. Jesús pone al niño de modelo para indicarnos que el Reino de Dios tiene exigencias que sólo pueden entenderse si acudimos a Cristo como niños que confían en su verdad sin ningún atisbo de reserva y desconfianza. Se trata, pues, de acudir a Cristo con la convicción de que Él es el intérprete de lo que Dios quiere hacer con el hombre desde el mismo día que lo modeló con sus manos. Por eso san Juan, en el prólogo de su evangelio, llama a Cristo, el exégeta, el intérprete de Dios. Ciertamente, por encima de Moisés.

+ César Franco