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En realidad dice el Decano don Alfonso Carrasconuestro centro de estudios no ha nacido hace cuatro años, sino que viene de muy atrás, tiene ya una larga historia en Madrid. Los últimos años estaba bajo el paraguas de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ciertamente, su constitución como Facultad lo ha habierto a nuevas tareas y le ha dado un eco y una presencia en la vida pública de la Iglesia mayores; pero se trata del desvelarse y crecer de una realidad que ya existía
Ya tememos el genoma humano. ¿Para qué entonces la teología? El genoma humano ya lo teníamos también antes Desde el mismo momento de la concepción. El desarrollo científico plantea, desde hace mucho tiempo, grandes retos a la teología, es decir, a la inteligencia creyente que se esfuerza por aprender y dialogar con el mundo. El genoma es de nuevo un reto, un desafío; pero no mayor que otros que se encuentran en la relación entre la ciencia y la fe. Hay que afrontarlo sabiendo que una oposición de principio entre ciencia y fe, en el fondo, pertenece ya al pasado. Hoy se comprende bien la autonomía propia de cada una, cuáles son sus ámbitos de desarrollo y también sus límites. Así, por ejemplo, investigando el genoma, podemos aprender muchísimo sobre la naturaleza humana; pero no lo aprendemos todo, porque la persona es mucho más que eso. De igual forma, el científico que estudia el genoma y el técnico que desarrolla sus aplicaciones se encuentran con la necesidad de pensar qué hacen y qué no hacen, para qué sirve lo que hacen Y es así porque la conciencia nos interpela siempre en nuestra responsabilidad personal y social, y nos reenvía al verdadero horizonte de la vida humana, que es el ser hijo de Dios. Dónde es más fácil encontrar hoy la herejía: ¿en la teología, esto es, directamente contra Dios, o en la filosofía y en la antropología, como herejías contra el hombre? En realidad, son dos cosas que van siempre unidas. Las herejías no pueden ser contra Dios sí y contra el hombre no, o viceversa. Cuando el hombre habla de Dios, está hablando también de su horizonte personal, de quién es él mismo, del misterio de la vida. Y cuando el hombre habla del misterio de su propia vida y habla de sí mismo, está hablando también de Dios. Por supuesto, es posible que el foco de atención vaya más por un lado o por el otro. Muchos que se autoproclaman teólogos son expertos en escandalizar La misión del teólogo, en el fondo, es una misión de la inteligencia y de la firmeza de la fe de los demás creyentes. Así pues, de la teología no tiene que derivarse, en principio, escándalo alguno. Sí puede suceder, en cambio, que llame la atención sobre aspectos de la vida cristiana que necesitan corrección, o que deben ser vividos con mayor plenitud. Y eso es normal. Siempre necesitamos reconocer nuestros defectos, siempre estamos llamados a la conversión. Si el teólogo en su estudio, en fidelidad al Evangelio, le ayuda a uno a percibir que debe corregir su posición para hacerla más verdadera, para abrirla a la catolicidad, eso es una ayuda; y no tiene por qué producir escándalo, ya que, en realidad, interpela a una mayor fidelidad. La teología produce escándalo cuando es equivocada; si entonces no tiene la humildad precisa, introduce dudas sobre lo que significa verdaderamente el Evangelio y sobre nuestra propia fe. ¿Teólogo es igual a repetidor del Magisterio? No. El Magisterio cumple una tarea esencial en la vida de la Iglesia, al servicio de la conservación y de la predicación del Evangelio. Y el teólogo tiene que trabajar unido al Magisterio al servicio de la fe, a nuestro Señor. Así pues, un teólogo católico reconoce que nuestro Señor ha querido la presencia del Magisterio al servicio de la fe, pero junto con la Sagrada Escritura y la Tradición. Los tres, en su particular interrelación, conforman el horizonte de nuestro horizonte del trabajo teológico, del servicio que cumple para facilitar el encuentro del hombre de nuestro tiempo con Cristo. La materia prima con la que trabaja el teólogo es revelada por Dios. ¿No debe, entonces, aspirar de un modo muy especial a la santidad? Es cierto. El teólogo necesita una cierta consonancia con Aquel de quien está llamado a hablar. En el fondo, lo ideal sería llegar a tener un conocimiento que, de alguna manera, pudiera llegar a ser connatural, gracias a un vivo sentido de la fe, enriquecido con los dones del Espíritu Santo. Así pues, una vida en santidad es necesaria en la teología. Sin ella, es como si se perdiera el acceso al Misterio del que se tiene que hablar. No hay que olvidar nunca, sin embargo, que nada de ello es posible sin el requisito del trabajo. El teólogo que acoge al Espíritu y a sus dones crece en el conocimiento creyente de Dios, pero necesita también del ejercicio intelectual. Se ha hablado muchas veces del problema de pensar a Dios, y olvidarse de amarle Pero no es algo divisible. Es imposible separar el conocimiento de Dios del amor a Dios. Dice san Juan que Dios es amor, así que ¿cómo puede haber un conocimiento verdadero de Dios que no sea también amor a Él? Porque Dios no es un objeto que pueda ser simplemente analizado y subdividido con los instrumentos de nuestra razón. Ése no sería verdadero conocimiento de Dios, y el hombre correría el peligro de quedarse en sí mismo, en sus análisis y proyectos. Por eso, la misión propia del teólogo en la Iglesia conlleva también un sentido personal de amor a Dios y de deseo de conocerlo, de entenderlo, como uno desea conocer y entender a una persona amada. |