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En la cumbre del Año Jubilar, con la Declaración Dominus Iesus aprobada por mí de forma especial, he querido invitar a todos los cristianos a renovar su adhesión a Él en la alegría de la fe. Con el Apóstol Pedro confesamos que en ningún otro nombre está la salvación. La Declaración, en la línea del Vaticano II, muestra que con esto no se niega la salvación a los no cristianos, sino que señala como manantial último a Cristo, en el que se unen Dios y el hombre. Dios da la luz a todos en modo adecuado a su situación interior y ambiental, concediéndoles la gracia salvadora por caminos que Él conoce. El Documento aclara los elementos cristianos esenciales, que no obstaculizan el diálogo, sino que muestran las bases, porque un diálogo sin fundamentos estaría destinado a degenerar en vacío verbalismo. Si el Documento, con el Vaticano II, declara que la única Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, no desea con ello mostrar desconsideración a las otras Iglesias y Comunidades eclesiales. La Iglesia católica sufre por el hecho de que verdaderas Iglesias particulares y Comunidades eclesiales, con preciosos elementos de salvación, estén separadas de ella. El Documento expresa así, una vez más, la misma pasión ecuménica de mi encíclica Ut unum sint. Espero que esta Declaración, que llevo en el corazón, tras tantas interpretaciones equivocadas, pueda finalmente desarrollar su función clarificadora y, al mismo tiempo, de apertura. (1-X-2000) |