RetrocesoA&ONº 229/12-X-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
Muy de prisa, pero ¿a dónde?
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

El comandante del avión saludó a los pasajeros con dos suculentos avisos, uno bueno y otro malo. El primero, bueno, que en breve tiempo habían alcanzado la velocidad de crucero, iban ya rapidísimo. El segundo, menos bueno, que no sabían cuál era el lugar de destino de sus muy considerables velocidades.

Barrrunta uno que el progreso, para serlo de verdad y con mayúsculas, debe conjugar en sí mismo no sólo los avances de la ciencia y de la técnica, del futuro mágico de la biotecnología, sino, también, los de la ética. Y, así, se llamará verdadero progreso. ¡Que no se preocupe Ramón Pi! En su suculenta contribución del asalmonado diario La Gaceta de los Negocios, en una columna de Hércules que lleva el cintillo de La vida, se preguntaba el día 6 de octubre, analizado el panorama de informaciones sobre los límites de la investigación genética y las técnicas de fecundación in vitro, a raíz del caso de Molly y Adam: O sea, que no es que se trate de una especie de monomanía mía. Porque aseguro al lector que, a veces, pienso si no me estaré volviendo un poco paranoico con la defensa de la vida del más débil (el embrión, el feto, el enfermo, el anciano). Pero se conoce que no, que estas cuestiones están en este tiempo en la cresta de la ola. Hombre, más que ola, permítemelo, Ramón, diría marea profunda de aguas turbias.

La doctora María Dolores Vila-Coro, Directora de la cátedra de Bioética de la Unesco, sostiene, en las páginas de la edición, con fecha de 15 de octubre, del semanario de información general Época, un interesante debate con Marcelo Palacios, presidente de la Sociedad Internacional de Bioética. La claridad de pensamiento y expositiva de la doctora Vila-Coro merece una matrícula de honor: El caso que nos ocupa —afirma la profesora— tiene varios puntos de interés (...) El primero de todos es el de la destrucción de embriones humanos, porque se han fecundado quince óvulos y se ha seleccionado sólo uno. Esto no es nuevo: desde hace años, en España se están destruyendo embriones. Cuando una mujer se somete a técnicas de reproducción artificial, se fecundan una serie de óvulos, y todos aquellos que no interesan porque tienen una malformación o una enfermedad hereditaria se destruyen. (...) El punto de partida para un debate ético debería ser en qué momento empieza la vida humana. Desde mi punto de vista, comienza en el momento de la fecundación; por lo tanto, al destruir estos embriones no viables se está destruyendo vidas humanas. Hay científicos que no piensan así, pero cuando les preguntas en qué momento, a partir de cuándo podemos hablar de vidas humanas, no saben qué contestar. Se evaden diciendo que es un proceso; efectivamente: es un proceso que empieza en el momento de la fecundación y que, si no se interrumpe, termina cuando la persona muere.

Ignacio Sánchez Cámara, preclaro articulista del diario ABC, lo dejó, también y tan bien dicho, el pasado sábado en referencia a las posturas subjetivas del debate intelectual: Casi todo el mundo forma su criterio valorando las consecuencias de las diferentes opciones. Casi nadie apela a deberes absolutos e incondicionados con independencia de las consecuencias. Y se olvida que la moral consiste ante todo en el deber para uno mismo. Por el contrario, se califica a quien habla en estos términos como dogmático e intolerable, olvidando la distinción entre moral y derecho. Hoy tiende a imponerse la falsa tesis de que no cabe evaluar moralmente las conductas que no producen ningún daño a otra persona. E incluso, cuando conviene, se restringe abusivamente la nómina de quienes lo son.

Hay una arista, en este debate ético, que debe preocuparnos: la iluminación de la moral católica. Han salido a la palestra reputados moralistas y catedráticos de Bioética de pontificias Universidades. José Román Flecha, con sobrada retórica y harta claridad teológica, escribía en Los domingos de ABC: Para comenzar es preciso preguntarse por el estatuto del embrión humano y por el respeto que merece. Si se reconoce su dignidad humana desde el momento de la fecundación, las ulteriores manipulaciones y su eventual destrucción constituyen un problema ético muy serio. Incluso entre los que no le reconocen tal dignidad original, son muchos los que consideran su orientación teleológica: tendríamos ahí un futuro ser humano a cuyo desarrollo, meramente cuantitativo, estamos poniendo serias dificultades. Texto al que sumamos el del jesuita, catedrático de la Universidad Pontificia Comillas, Javier Gafo, también en ABC, en el que se afirma: Mi experiencia me lleva a afirmar que sería injusto descalificar como carentes de racionalidad y de sentido ético a los que consideran que el embrión preimplantatorio es una realidad respetable, pero no equiparable a la que existe más adelante en el desarrollo embrionario. De la misma manera que sería injusto calificarnos a los que extremamos el respeto a toda vida humana como anacrónicos, irracionales y oscurantistas. Para después sumar y sumar una serie de intrincados argumentos de éticas máximas y mínimas.Ya dejó escrito san Agustín, en De Bono perseverantiae: Hay que decir la verdad sobre todo cuando una dificultad hace más urgente que se diga; entenderán (la verdad) quienes puedan. No sea que el silenciarla, en consideración a quienes no puedan entenderla, no solamente frustre la verdad, sino que se entregue el error a quienes pudieran captar lo verdadero.

A la hora de cerrar esta página, los hijos de las tinieblas han sembrado otra semilla de muerte en España. El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, y sus obispos auxiliares, así como la Conferencia Episcopal Española, recuerdan, en un comunicado de prensa, que el terrorismo, en cualquiera de sus manifestaciones, no es camino para satisfacer ningún tipo de demandas o reivindicaciones políticas que, afortunadamente, es posible defender en nuestra sociedad democrática a través de vías pacíficas. Los obispos encomiendan a Dios la paz de los españoles y la conversión de quienes desprecian la vida y la dignidad de la persona humana.