|
|
|
Con las uniones de hecho sucede como en cualquier otro problema humano: hay que intervenir con la razón; más precisamente con la recta razón. Con ello se alude a la lectura y al juicio de una razón que sabe ser objetiva y, por eso, se ve libre de los más diversos condicionamientos, como la emotividad o la fácil compasión ante las situaciones dolorosas, los posibles prejuicios ideológicos, la presión social y cultural, y las rígidas tomas de posición de las fuerzas y de los partidos políticos. En particular, la recta razón debe defenderse de algunas tendencias culturales radicales, que tienen como objetivo más o menos evidente la destrucción de la institución familiar. El Papa fue muy claro en su discurso al Foro de las Asociaciones Familiares Católicas de Italia: Más preocupante aún es el ataque directo a la institución familiar, que se está llevando a cabo tanto a nivel cultural como en el ámbito político, legislativo y administrativo. Es clara la tendencia a equiparar la familia con otras formas muy diferentes de convivencia, prescindiendo de fundamentales consideraciones de orden ético y antropológico. Estas consideraciones son el objeto específico propio de una recta reflexión racional. Y ésta procede ante todo a definir la identidad propia de la familia fundada en el matrimonio y la identidad propia de las demás formas de convivencia, para comparar y llegar así a deducir si es posible o no la equiparación entre familia y uniones de hecho. Por tanto, lo primero es definir la identidad propia de la familia en sí misma y en relación con la sociedad. A esta identidad pertenece el valor y la exigencia de la estabilidad de la relación matrimonial entre el hombre y la mujer. La estabilidad propiamente matrimonial y familiar no está confiada exclusivamente a la intención y a la buena voluntad de las personas implicadas, sino que tiene un carácter institucional después de adquirir estado público, Evidentemente, esta estabilidad es de interés para todos, pero beneficia de modo particular a los más débiles, a saber, a los hijos. No pueden dejar de impresionar el silencio práctico que, sobre el problema de los hijos que nacen en parejas de hecho, caracteriza al debate actual en torno a la equiparación entre familia y uniones de hecho.
Cardenal Tettamanzi |