RetrocesoA&ONº 229/12-X-2000SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
La verdad es que se queda uno estupefacto —¡y cuidado que uno está curado de espantos!— cuando, en un artículo que firma en un periódico el padre jesuita Javier Gafo, como director de la Cátedra y del Máster de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas, escribe sobre ...la falta de individualidad de esa incipiente realidad (se refiere al embrión), por el hecho de que su configuración genética definitiva aún no se ha realizado. ¿Qué? Uno creía, en su humilde ignorancia, que desde el primer instante de la concepción el nuevo ser tiene un código genético propio y distinto del de todos los demás. La sorpresa se convierte en indignación cuando, en dicho artículo, su firmante habla de una ética de mínimos y de máximos. Uno, en su humilde ignorancia, no sabía que la vida y el alma sean cosas de máximos y de mínimos. Y ya el colmo es cuando uno tiene que leer esta pregunta: ¿Significa esto que debe exigirse como ética mínima el respeto al incipiente embrión humano, como si fuese una persona humana?... Entonces, ¿qué es: un perro, una piedra? Menos mal que el autor adoba sus peregrinas tesis afirmando que cree en la calidad del ser humano, e incluso llega a hablar de los sentimientos de ternura y de protección que ese ser nos suscita. Ya digo: pues menos mal...
Otro profesor, don José-Román Flecha Andrés titula otro artículo sobre este mismo problema El arte de conocer los límites, y mantiene que, cuando se habla de estos temas, la palabra "pecado" nunca se encuentra en los documentos de la Iglesia, sino en los comentarios de algunos periodistas, como puedo ver en el amplio archivo que conservo. Dice también que la eventual destrucción (¡ojo a la palabrita!; en otro momento habla de embriones desechados) constituye un problema ético muy serio. No es verdad, y el profesor Flecha sabe que no es verdad. Y si no lo sabe, debería saberlo. Lo que él llama destrucción en castellano se llama crimen y cuando habla de embriones desechados debería hablar de embriones asesinados —¿a quién pretende engañar, aparte de a sí mismo?— En España —leo en un editorial—, hay acumulados más de 30.000 embriones sobrantes, que están congelados a la espera de que las autoridades decidan su destino final. ¿No sería más correcto hablar de solución final, a lo nazi? ¿Y quién los ha congelado? ¿Y por qué, con qué derecho? ¿Y quién es ninguna autoridad de este mundo para congelar a un embrión?

El director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, comentando, en declaraciones a la COPE, la interpretación que cierta prensa hace de determinadas noticias, como la entrevista de Mayor Oreja y de Ibarretxe con monseñor Taurán en Roma, recientemente, afirma: Estamos en un terreno de patología informativa. No es mi papel el juzgar el por qué y el cómo. El hecho en sí es un ejemplo de mal periodismo, simplemente. Cuando manifestó esto, probablemente no había visto todavía el inaudito titular de una portada de Diario 16, según el cual El Vaticano autoriza la unidad eclesial de Euskadi y Navarra; los obispos logran una estructura similar a la que persiguen los nacionalistas. ¡Puro invento! Y deleznable intento de interesada intoxicación que el señor arzobispo de Pamplona ha desautorizado así: Es una afirmación totalmente falsa. Los datos que se aducen en el texto están mezclados con afirmaciones e interpretaciones también falsas y claramente tendenciosas.

Ibarretxe y el Papa se titula un penoso artículo de Francisco Umbral en El Mundo, en el que su evidente ignorancia, o malevolencia, le hace referirse a la primera santa vasca canonizada por Juan Pablo II, santa María Josefa del Corazón de Jesús, fundadora de las Siervas de Jesús, en términos absolutamente intolerables, desde una miserable lectura de la realidad bajo el único prisma que Umbral parece entender, el de la política y el poder. Con eso, nada tuvo que ver, desde luego, la diáfana ejecutoria de caridad y de servicio de aquella santa mujer, ni tiene que ver hoy el maravilloso e impagable servicio de sus Hijas. Si la cortedad de miras de Umbral no lo entiende... él se lo pierde.

Gonzalo de Berceo