RetrocesoA&ONº 229/12-X-2000SumarioDesde la feContinuar
Televisión
En una galaxia muy lejana...
Cuando Gustavo Martín Garzo, el último Premio Nadal, afirma que necesitamos la ficción porque la vida no cabe dentro de la razón, hace un brindis ingenuo en honor a un tipo de literatura que tiene que desprenderse de la realidad, huir del espacio y del tiempo para ser verdaderamente grande. Parece que no hay término medio, hay que elegir entre la razón o la ficción. El autor de El valle de las gigantas nos habla de una literatura que, con sus armas imaginativas, nos tiene que situar en universos más allá de lo razonable, del bien y del mal, que nos acerque a esa vasta región galáctica que algunos llaman creación absoluta. Pero no nos engañemos, ninguna propuesta artística humanamente seria puede ser una creación absoluta, una pura ficción. Cada manifestación de la belleza envuelve, con sus particulares timbres, verdades razonables, universos susceptibles de tocar nuestras fibras y así podernos reconocer los humanos en su lenguaje universal. De ahí que el Quijote no sea una ficción desnuda, sino una manera razonable de hablar del hombre; que Alicia en el país de las maravillas no sea un cuento de pesadillas, sino una historia verdadera que a todos concierne.
En una película o en una historia de ficción para la televisión, el principio es el mismo. Hace poco que La Primera de TVE ha estrenado una serie de abogados, con el título La ley y la vida, con una potente masa coral de actores. La interpretación de la mayoría es deficiente (en algunos momentos parece una función de chavales de COU en una tarde de ensayos); el único que se salva de la quema es Toni Cantó, que ha pegado un acelerón digno de mérito en su carrera profesional, de guaperas, a intérprete creíble. Pero la serie tiene pocas apoyaturas sólidas. En ocasiones, pretende emular al célebre culebrón Dinastía, con sus Ángela Chaning superpijas; en otras, es un Ali McBeal de recuelo, con su aseo común, sus frases estereotipadas (Te vas a quedar calvo porque se te va a caer el pelo; Es como si a varias arañas negras y peludas les parecieras una mosca apetitosa), su típico cruce de historias para evitar la pérdida de atención..., y todo ello unido al mejunje de un vocabulario de figón, con innecesaria sal gorda. Sí, las conclusiones son obvias: acabemos con la xenofobia y el racismo, no a los arribistas de oficina que sólo piensan en crecer como la espuma. Pero los argumentos están expuestos con una irreprochable simpleza, y aquí está la paradoja. Una serie que, por principio, pretende ser hiperrealista, se vuelve lejana y surrealista por su ausencia de sinceridad, porque los temas se tratan sin profundidad.

Hay más verdad en las palabras de ficción del poeta José Ángel Valente que en muchas series de televisión que nos impresionan con realidades muy de nuestros días (codicias, malos tratos, crímenes brutales), pero que a la postre nos dejan con hambre de certezas, nos abandonan en una galaxia muy lejana.

Javier Alonso Sandoica