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Basta elegir un santo a voleo, de los muchos que tiene nuestro santoral, para probar que la promesa de Cristo se ha cumplido: el ciento por uno aquí, y la vida eterna en el mundo futuro. Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola, todos probaron suerte dejándolo todo para tenerlo todo. Llenaron este mundo de casas, padres y hermanos, familias enteras y obras que perduran. No les faltaron persecuciones, pero lo hallaron todo al escoger a Cristo, pobre y desposeído de todo. Recibieron todo a cambio de lo poco que dieron. ¿Qué dieron, en realidad, que no hubieran recibido? El cristianismo, con su vocación a la pobreza, contiene una mística de posesión. San Pablo lo dice claramente: Todas las cosas son vuestras. La razón es clara: todas las cosas pertenecen a Cristo para quien fueron hechas. Y quien posee a Cristo, lo tiene todo.
El joven rico se marchó demasiado aprisa. Fue una pena que no escuchara toda la enseñanza de Cristo sobre cómo desposeerse de todo con la confianza puesta en Dios. Creía que todo debía hacerlo él, en un acto heroico de fría voluntad. Le faltó aguantar la mirada de Cristo, llena de amor, y fiarse de Él. Le faltó quedarse con Cristo, seguirle día a día para gustar la posesión de lo que anhelaba, la vida eterna. Sólo junto a Cristo se aprende la pobreza como requisito para la plena posesión. El cristianismo no desprecia lo creado, ni lo considera malo o pecaminoso, sino que lo contempla desde la perspectiva de la eternidad, el único horizonte capaz de situar las cosas en su justo valor. Así lo enseña san Juan de la Cruz en su norma de perfección: Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. El joven rico tenía ambición, pero le venció la codicia. Su alma deseaba ser, buscaba la vida eterna, pero se contentó con sus pobres bienes (por muchos que sean, los bienes de este mundo son siempre pobres porque perecen). Se preguntaba por la eternidad, y se quedó en el umbral del tiempo. Sabía que Cristo tenía la respuesta, pero le dio la espalda. Por eso se fue triste. Su tristeza era un barrunto de la muerte, pues el hombre, en la medida que se aleja de la vida, anticipa la tristeza de la muerte. Allí será pobre a la fuerza, pues, quiéralo o no, será desprendido forzosamente de todo para el último viaje. Si lo pensamos bien, Cristo ha venido a enriquecernos para que, al llegar la muerte, nada de lo que aquí dejemos nos deje tristes por abandonar este mundo que es sólo un vestíbulo del futuro. Prepárate en el vestíbulo decía un sabio judío para poder entrar en el palacio. + César Franco |