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En los centros de reproducción artificial de España hay decenas de miles de embriones humanos congelados. Los han dejado allí personas que han acudido a las técnicas reproductivas para procurarse descendencia. Es ésta una industria en crecimiento. Aquellos seres humanos incipientes, sometidos a la degradación del frío, tienen un futuro incierto. Acabarán casi seguro destruidos de una u otra manera, como ya ha sucedido a gran escala en Inglaterra. Son seres humanos, porque no son ni orquídeas ni ovejas. Son humanos vivos, en sus primeras horas o días de vida. Pero ¿hay algún ser humano que no sea persona? ¿Y es humano tratar a alguna persona como a un objeto o a un animal? Pues esos embriones han sido producidos en serie, como si de sillas o de pollos se tratara, y luego, congelados como vegetales.
Algunos dicen: Bueno, pero tienen sólo unos días de vida y todavía son muy poco viables; además, ni siquiera son propiamente individuos, pues aún podrían dividirse en un par de gemelos, por ejemplo. Por tanto, no merecen la consideración de personas y podemos tratarlos como si no lo fueran. Pero ¿no lo son de verdad? Si se elimina un embrión humano poco viable, ¿qué se elimina? ¿Deja de ser humano por ser todavía débil en sus posibilidades de sobrevivir? Es verdad que cuando la fecundación y la gestación discurren por sus cauces naturales, muchos embriones no prosperan en sus primeros días, pero ¿quién es responsable de ello? Nadie es responsable de que los humanos mueran. En cambio, nos hacemos responsables de un gran crimen si nosotros los eliminamos. La naturaleza no es ni buena ni mala éticamente hablando. Ella, en cuanto tal, tampoco es criterio de la bondad o maldad de nuestras acciones. Éstas serán justas o injustas según respeten o no la vida y los derechos de las personas. Los embriones humanos son personas incipientes. Y si es cierto que no sabemos hasta un determinado momento si se trata de más de un individuo, sabemos con certeza que se trata al menos de uno. |
| La producción de embriones en serie para procurar el desarrollo de uno de ellos, y conseguir el nacimiento de un niño, se ha hecho ya algo bastante habitual en España, al amparo de una ley injusta (la llamada Ley Palacios, de 1988). Es lo mismo que han hecho en Estados Unidos para traer al mundo a Adam. Lo especial de este caso, tampoco único por ello, es que el niño nacía, el pasado 29 de agosto, con una finalidad bien precisa: tratar de curar a su hermanita, de seis años, como donante de células hematopoyéticas; para ello había que asegurar cuidadosamente que él mismo naciera sano. Por eso se produjeron en este caso tantos embriones: quince, según parece. De ellos, los técnicos destinaron a uno a la vida y a catorce a la muerte; once de los eliminados también estaban sanos, y tres enfermos. Es decir: eugenesia peor aún que la practicada en ciertos períodos de la Historia de indeseable recuerdo, cuando al menos sólo se pensaba en eliminar a quienes se consideraba enfermos o deficientes por algún motivo (escribimos con dolor ese sólo exigido por la gramática). Estos técnicos de ahora quitan de en medio a personas sanas, de pocos días; con el agravante, además, de que ellos mismos las acababan de fabricar poco antes.
Dirán algunos: ¡No exageremos ni dramaticemos! Aquí de lo que se trata es de ayudar a unos padres que se encuentran ante la tragedia de la muerte próxima de su hija de seis años. No hay ninguna intención eugenésica, ni racista, ni criminal en todo esto; al contrario, todo tiene una finalidad terapéutica. Claro, la intención es buena, no cabe duda. Y el aprieto en el que se encuentran esos padres hay que tenerlo muy presente al enjuiciar sus acciones. En todo caso, no debemos entrar a juzgar acerca de la moralidad subjetiva de nadie, y menos aún a distancia, sin conocer a las personas. Pero sí podemos y debemos valorar con criterios justos las cosas que se hacen. A Molly, la hermanita de Adam, enferma de una anemia irreversible, se le han ofrecido posibilidades de curarse gracias a las células recibidas de su hermano. Ojalá que así sea, una vez que todo ha pasado ya. Pero esas posibilidades, ni siquiera seguras para Molly, se han comprado al precio de la muerte segura de los otros hermanos de Adam y de ella, que han sido producidos y destruidos o congelados a continuación. Esto es así, con independencia de las intenciones. Y no es humano. Los cristianos valoramos la vida de cada persona como algo intocable. Hasta tal punto, que preferiríamos morir a matar. La vida nos puede poner en situaciones apretadas, pero nunca consideraremos que lo sean tanto como para buscar soluciones que les cueste la vida a los demás. Esto simplemente no puede ser, aunque tuviéramos que asumir algún sufrimiento. Es necesario buscar alternativas. En el caso que nos ocupa, la ciencia tiene ya alternativas que debe desarrollar. La ciencia no puede alimentarse de la muerte, sino que debe ponerse al servicio de la vida de todos, no sólo de algunos más fuertes. Todos lo podrían saber. Pero ya vemos que, en la práctica, no es así. La visión cristiana del ser humano, revelada por Jesucristo, resulta cada día más imprescindible para la Humanidad. Esa visión, que, con la fe, nos viene de fuera y a veces nos parece chocante, fortalece en realidad a la razón desde dentro y la hace verdaderamente humana. Juan A. Martínez Camino, SJ |