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Al contemplar el gran Misterio del dolor humano y la densidad que éste adquiere en algunos momentos de la vida, nos damos cuenta de que necesitamos recursos para hacernos buenos samaritanos y acompañar desde la fe. La Escuela de Pastoral de la Salud constituye un recurso que se ofrece con creatividad y sale al paso de la necesidad de formación para ser buenos agentes de pastoral. Cada vez más, afortunadamente, nos damos cuenta de que, para no ser consoladores inútiles, como dijera Job a sus amigos, se requiere una formación especializada.
Formarse en la Escuela de Pastoral de la Salud (calle Ríos Rosas, 9-Tel. 91 441 14 33) da, por un lado, nuevas motivaciones para intentar ayudar a los enfermos y, por otro, abre nuevos caminos. Caminos en los que experimentamos tener recursos válidos para la ayuda y, a la vez, la sensación de pobreza, porque todo recurso, aunque provenga de la fe, nos da la impresión de que se queda pequeño al contemplar el gran Misterio del dolor humano. En la fe encontramos una nueva luz desde la cual miramos de otra manera el misterio del dolor. Es la luz del Misterio Pascual que se nos propone, no como una lámpara externa o de color que cambie desde afuera la experiencia del dolor, sino como una luz interior que nos puede llevar a decir, como algunos enfermos han manifestado: No soy yo, sino es Cristo quien vive en mí . Pero desde la fe corremos también el grave peligro de intentar cambiar de manera forzada la experiencia del que sufre con nuestro deseo de aliviarle y disminuirle la carga, pero con falta de tacto humano, es decir, de auténtica sensibilidad cristiana. La lectura pausada y repetida de tantos testimonios de enfermos cristianos no puede sino provocar una gran admiración ante tantas personas que comunican su camino de fe en medio del dolor. A la vez, en muchos de ellos, se detecta la urgencia de una acción pastoral cuyas motivaciones, actitudes, formas y lenguajes sean revisados. |
| APRENDER A ESCUCHAR
Para escuchar se requiere aprendizaje. No siempre los agentes de pastoral, los visitadores de enfermos, los voluntarios, los familiares, invierten un poco de tiempo en adiestrarse para escuchar desde la fe. La Escuela de Pastoral de la Salud es una plataforma excelente desde donde adquirir los conocimientos y habilidades necesarias para hacer efectivas las sanas actitudes de los cristianos ante los que sufren. Escuchando a los enfermos terminales dice un alumno de la Escuela siempre queda uno impactado por dos cosas: ellos saben que están a punto de morir, y tienen necesidad de hablar de ello con otro ser humano. Nosotros, los agentes de pastoral, podemos aislarlos en una terrible soledad aun estando presentes, si no sabemos escucharlos. Me he dado cuenta de que, sin una buena formación que nos enseñe habilidades de relación y de manejo de nuestros sentimientos, los mentimos y los dejamos solos; entramos en su habitación y hablamos del buen tiempo que hace fuera... Pero no es de este modo como podemos nosotros ayudar a los que están en la hora de la verdad. Pedro, que tiene 50 años y trabaja en la Administración, y que visita enfermos desde la parroquia, al terminar el primer año de la Escuela, dice: En la Escuela estoy aprendiendo a vivir el misterio de la Pascua actualizado en el encuentro con los enfermos. Cada vez que nace una chispa de amor entre el enfermo y el agente de pastoral, se actualiza la resurreción. Y María, agente de pastoral de una residencia de ancianos, manifiesta abiertamente: Si no hubiera ido a la Escuela, no me habría dado cuenta de la gran cantidad de barbaridades que decimos a los enfermos, con buena intención, pero sin preparación. Los enfermos necesitan compartir con nosotros ciertas necesidades suyas, algunos temores; pero, como quiera que no podemos soportar todo eso, y puesto que nos recuerdan nuestra propia precariedad, trampeamos, mentimos, nos rehuimos y nos hacemos los remolones... He aprendido a mirar en los ojos el sufrimiento y, aunque siento vértigo, me apasiona y me siento más humana cuando estoy cerca del que sufre. Una joven alumna, narrando su experiencia como agente de pastoral dice: Cuando voy a visitar a los enfermos lo paso mal porque me duelen sus dolores, pero recibo tanto bien de ellos, que me parece que ahora vivo en verdad. El encuentro con sus sufrimientos, con sus preocupaciones, me hace ser más entrañable. Me gusta visitar enfermos porque descubro lo bueno que hay en mí. Parece como si ellos me ayudaran más que yo a ellos. La verdad es que, prácticamente, todo lo que hago es escuchar, e intentar comunicar un poco de compresión. He descubierto que hay mucha soledad en el dolor y que la escucha es una verdadera necesidad social. No nos escuchamos suficientemente... Quizás porque no nos han enseñado. Yo estuve enferma dice Mónica, y cuando estaba en el hospital pude darme cuenta de qué necesidad hay de agentes de pastoral bien preparados, que no molesten a los enfermos con palabras hueccas, sino que sean buenos profesionales del diálogo y brillen por su excelencia en la práctica de la misericordia. José Carlos Bermejo |
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