|
|
Desde hace unos años, la información religiosa de algunos medios de este país, que cada vez está mejor informado sobre las intimidades de todo hijo de vecino, parece enferma. No encuentra el punto de equilibrio. No está creciendo bien y no mejora con el paso del tiempo. Es como un adolescente que no madura, y que sigue teniendo reacciones esperpénticas, por no saber situarse y medirse.
A veces parece una competición de colegio: a ver quién la dice más gorda. Un conocido editorialista, que no es tonto, escribía hace unos días sorprendiéndose de que un Dios tan inocultablemente disparatado como el de los cristianos haya podido perseverar durante dos mil años sobre el atroz monumento de servidumbre que es la imaginación supersticiosa. Y trataba el cristianismo como un universo de mezquindades y tergiversaciones, estafa pura y simple. Estos exabruptos de primero de Filosofía no han provocado el sonrojo de la revista literaria que los contenía, premiada por su contribución a la cultura. Les habrán parecido normales porque, en este terreno, por falta de contraste, cuela cualquiera desmesura. En un dominical todavía sin premiar, otro escritor creía recordar la época franquista en estos términos: El mundo de la religión católica era en esos años el mundo de la clausura y la humillación; los confesionarios solían estar en los rincones más umbríos de las iglesias y la gente que se aproximaba a ellos rehuía mirarse a los ojos; todo en la religión era abyecto. Y uno que, sin saberse abyecto, en los últimos años de la oprobiosa, ya iba a la iglesia y se acercaba a los confesionarios, no consigue recordar lo de mirarse a los ojos. Y le parece extraño, porque nadie va a la iglesia a mirarse los ojos; eso lo hacen los enamorados en el parque. |
| Estas ridiculeces y excesos retóricos revelan la ausencia de alguien que pinche el globo y haga aterrizar el esperpento, que, al oir el delirio, arrugue la cara y exclame: Pero, ¿qué dices? Y cuando uno dice una machada y nadie le contesta, se la acaba creyendo y se anima a decirla más gorda. Enferma de puro monologar. La vida necesita encontrar resistencia para mantenerse sana, pero muy especialmente la vida intelectual. Sin oposición, la inteligencia se queda sin chispa.
Poder hablar impunemente, sin que nadie te lleve la contraria, parece un privilegio pero hoy es una desventaja, y acaba siendo una enfermedad. El monólogo conduce a pontificar por inercia y a recubrir la realidad con los colores de la propia fantasía. Éste es el diagnóstico que cabe dar a mucha información religiosa: es inmadura y, a veces, sencillamente delirante, porque le falta interlocutor real: tener delante alguien que pueda discrepar, en vez de repetir incansablemente los propios prejuicios. Pero ¿por qué falta interlocutor? Me parece que se debe a tres factores. El primero es que la Iglesia ha estado fatigada con sus propios líos internos y ha desatendido los externos. El segundo es el efecto de revancha, cuando a un exceso le sucede su contrario: la época franquista, de predominio católico, provocó el generoso ajuste de cuentas de la etapa Calviño; y todavía no se ha superado el tic revanchista. El tercero es que los medios nacidos para asegurar el pluralismo y garantizar la libertad de expresión, han tendido a filtrar, por razones de equilibrio ideológico, la opinión creyente. Pero se les ha ido la mano con el filtro, porque una ausencia tan sonora no se corresponde con la sociología de este país. No puede ser sano que, según las estadísticas, más del ochenta por ciento se declare católico, y una parte considerable de la prensa nacional trate la religión como algo que no existe, que no tiene nada que decir, o que todo lo que dice o hace es ridículo por principio. El resultado no es bueno para nadie, ni siquiera para los que mantienen una postura beligerante. Cuando un 25.XII.1999, se inicia solemnemente un Jubileo que celebra los 2.000 años de Jesucristo y, al recoger la noticia, un diario de difusión nacional se siente en la necesidad de centrar su atención en lo que cuestan los coches del Vaticano, algo no le funciona. Es que ya no quieren hacer triunfar las Luces a base de razones, sino de pellizcos. Por la ausencia, en parte provocada, en parte padecida, de interlocutor, el discurso intelectual se les ha venido al suelo. Entonces combaten la religión con fotos grotescas, anécdotas sospechosas, noticias truculentas, entrevistas trucadas, titulares excesivos, declaraciones retocadas y comentarios sesgados (en un solo año, se puede hacer un album estupendo); en definitiva, con pequeñas gamberradas, truquillos habilidosos y marrullerías de Pravda, felizmente desaparecido, en lugar de razones luminosas y el impulso ético que cabría esperar en la prensa libre e ilustrada (en el otro sentido). Así crean un espanto y se reafirman en el deber moral de golpearlo. Pero no se pueden difundir virtudes practicando vicios. La convicción de que el pluralismo es bueno, se basa en la suposición de que nadie posee la verdad absoluta. Es mejor que todos hablen e intenten ponerse de acuerdo. La prensa es el foro por excelencia de la opinión pública. Por eso es interesante que se oigan las distintas voces; que cada uno diga lo que honestamente ve. Con el constraste, se estimulan las inteligencias, las opiniones se criban y el saber progresa. De la discusión, o por lo menos del contraste, sale la luz. Pero no se puede sustituir a los interlocutores Juan Luis Lorda |