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El viejo león, el cardenal de hierro del catolicismo polaco durante los años de catacumba y persecución, los del cerril comunista Gomulka y los de Jaruzelski, el querido Stefan Wiszinsky, quizá lo soñó en algún momento. Sobre todo, desde que en el último Cónclave, del que salió elegido Papa el Patriarca de Venecia, el sonriente cardenal Luciani que quiso unir los nombres de Juan y Pablo por primera vez en la historia de la Iglesia, el nombre del arzobispo de Cracovia había logrado un todavía minoritario, pero para él inesperado y hasta un tanto sorprendente eco entre los cardenales electores en la Capilla Sixtina. Sí, quizás lo soñó como el más increíble de los sueños para la querida Iglesia en la Polonia siempre fiel. Pero cuando aquella tarde, hace ahora precisamente 22 años, el aplauso unánime y emocionado de los cardenales estalló, incontenible de gozo, y el nombre de Karol Woytyla fue señalado por el Espíritu Santo, el viejo cardenal no pudo reprimir las lágrimas de una exaltante emoción largamente contenida a lo largo de todo el escrutinio, hasta la fumata blanca.
Escuchó la voz poderosa de Karol Wojtyla cuando le fue preguntado qué nombre quería como Papa, y quizás fue en aquel instante, cuando oyó lo de Juan Pablo II, cuando pensó qué podía dar al más ilustre hijo de Polonia como recuerdo para siempre. Y pensó en un anillo polaco para el nuevo Papa. Horas más tarde, de rodillas en la Plaza de San Pedro ante el nuevo Sucesor del Pescador le juró fidelidad hasta la muerte; el Papa la foto dio la vuelta al mundo se levantó, alzó al hasta entonces su Primado, y se fundieron los dos en un abrazo hondo, largo, intenso, sin palabras. La Plaza de San Pedro fue un clamor. Y entonces le entregó el anillo... el mismo que en Fátima puso el Papa a los pies de la Virgen. |
| De esto, ya digo, se cumplen ahora 22 años. Hace dos domingos, Juan Pablo II volvía a reunirse en la Plaza mayor de la cristiandad con 1.500 obispos de todo el mundo, la más relevante reunión de obispos desde el Concilio. Había querido que presidiera el Jubileo de los obispos la imagen querida de la Virgen de Fátima, en cuya corona quiso que fuera incrustada la bala que iba destinada a acabar con su vida, pero la mano de María él está convencido del milagro desvió la trayectoria. Había velado ante la imagen, hasta la madrugada en su capilla privada, y cuando la imagen de la querida Señora y Madre apareció ante el pueblo cristiano cien mil fieles de todo el mundo reunidos para la asamblea eucarística concelebrada por el Papa con los obispos todos pudieron comprobar con conmovida admiración, la señorial y varonil ternura de Karol Wojtyla: sobre el pecho de la imagen, Juan Pablo II había colocado aquel anillo que hace 22 años le regalara su Polonia del alma de manos del anciano y querido cardenal Wiszinsky.
Este Papa cuyo lema es Totus Tuus nos tiene acostumbrados a gestos parecidos de amor a María, desde que, cómo él mismo acaba de revelar recientemente, leí y releí muchas veces, y con gran provecho espiritual, aquel precioso libro ascético de portada azul escrito por san Luis María Grignon de Monfort, que se había manchado de sodio en la fábrica Solvay en la que yo trabajaba. El gesto del anillo fue, pues, uno más que rubricado con especial delicadeza y significado. Pensaría Juan Pablo II: ¿Qué es lo mejor que puedo regalar a mi Madre?, y se acordó del anillo. A las puertas del tercer milenio del cristianismo, el Papa, selló su gesto filial y enamorado con estas palabras lapidarias e inolvidables: Tú eres transparencia inmaculada y plenitud de gracia. Queremos confiarte el futuro que nos espera. Acompáñanos por el camino. Podemos hacer de este mundo un jardín o reducirlo a un cúmulo de escombros. Por esto, Madre, como el apóstol Juan sin duda evocaba el Papa la efusión del Espíritu en el Cenáculo con los apóstoles en torno a la madre de Jesús, queremos acogerte en nuestra casa, para aprender de Ti a ser como tu Hijo. Miguel Ángel Velasco |