RetrocesoA&ONº 230/19-X-2000SumarioCriteriosContinuar
A Su imagen y semejanza
Noticias como las de fecundaciones in vitro, niños clonados, embriones manipulados, y asesinados, parecen no tener fin en los medios de comunicación. Como las que nos despiertan, o nos acuestan, con implacable reiteración, de los atentados terroristas, que desgraciadamente no surgen por generación espontánea, en una sociedad que ciertamente los rechaza, y con todo vigor, pero sin caer en la cuenta de que su raíz más profunda es el mismo veneno que corroe a una Humanidad que ha perdido la conciencia de la dignidad sagrada de cada ser humano.

El doctor y Premio Nobel Severo Ochoa, que se consideraba increyente, hablaba del ser humano como de un conjunto de reacciones químicas; sin embargo, él mismo se desdecía cuando, al fallecer su mujer, confesaba tener una pena que no le dejó hasta su propia muerte. El doctor Ochoa no pudo explicar cómo la pérdida de un conjunto de reacciones químicas podía causar tan lógica desolación. Los hechos, haciendo un uso correcto de la razón, venían a demostrar la relevancia de una vida que, como todas, encierra en sí algo más, mucho más de lo que se puede medir y contar, el misterio de lo sagrado, en definitiva la relevancia de la fe.

Reconocer que la fe y la razón no se oponen, sino que más bien están estrechamente unidas y son —en palabras de la encíclica Fides et ratio de Juan Pablo II— como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad, constituye un punto de partida imprescindible para que la vida humana sea reconocida en toda su verdad.

El abandono masivo de la fe y, consiguientemente, de un uso adecuado de la razón, del que ha sido testigo especialmente el último siglo, ha llevado a la deshumanización galopante que, de tantos y tan variados modos, se manifiesta en la sociedad contemporánea, desde la avaricia del dinero, del poder o del placer capaz de pisotear toda dignidad del espíritu, hasta la violencia de todo tipo contra uno mismo —léase droga en sus innumerables formas—, contra los demás —léase terrorismo, pero sin olvidar la competitividad inmisericorde en el mundo laboral y cutural, el maltrato a los más débiles...—, contra la naturaleza creada —léase manipulaciones mil de la realidad del sexo, del matrimonio y de la familia, tratando de llegar incluso al origen mismo de la vida…— Creyendo hacerse dios, como le dictaba la primera tentación de Satanás, el hombre termina deshaciendo su propia humanidad.

Por el contrario, cuando se reconoce al Único Dios verdadero, se descubre por entero la grandeza de quien ha sido creado a Su imagen y semejanza, desde el primer instante de su existencia. ¿Qué científico auténtico puede dudar hoy de que en ese primer instante ya existe el ser humano con su propio código genético completo? Únicamente quien, rechazando la luz de la fe, se condena a dejar a oscuras su razón. Sin esta Luz, toda defensa de la vida humana se queda necesariamente corta. Se valora entonces al hombre por lo que tiene y no por lo que es; o mejor dicho, no se valora debidamente al ser humano porque no se descubre el mayor tesoro que tiene: la Gracia que vale más que la vida, como reza el salmista a su Dios y Señor. Y vale más, justamente, porque sin ella ni existiría la vida humana, ni menos aún su valor sería absoluto ni su destino eterno.