RetrocesoA&ONº 230/19-X-2000SumarioDesde la feContinuar
El pequealfa
El perdón
Hola, amigos! ¿Qué tal lleváis la llegada del frío? El bosque se ha puesto muy bonito, pero dentro de poco, la nieve sepultará la entrada de nuestros troncos y no nos dejará salir de casa. ¡Pero los duendes somos muy precavidos! Mucho tiempo antes, recolectamos leña, alimentos, y todo lo que nos pueda hacer falta. Además, mi hermana y yo cogemos juegos y libros para leer, pero normalmente tenemos que hacer muchos deberes, pues don Mandón (uy, perdón, ejem...), digo, don Mandilón, nuestro profe en la escuela del bosque, nos encarga siempre montañas de cosas para hacer. En la época de la recogida de alimentos, todos los duendes nos ayudamos mutuamente. Los jóvenes echan una mano a los mayores, que no pueden recoger leña, o volar hasta los árboles con agilidad, así que nos repartimos las tareas. Es un poco duro, pero a la vez es muy bonito trabajar todos juntos. Precisamente hace unos días comenzó la recogida de alimentos para el invierno. El primer día, los mayores nos dijeron a mi hermana Vera y a mí que nos quedásemos recogiendo frutos en un árbol pequeñito que había cerca de nuestro tronco. Cuando más ensimismados estábamos en la copa de aquel árbol, oímos unos ruidos en el suelo, justo donde nosotros tirábamos los frutos para luego llevarlos con la carretilla. Al principio, pensamos que sería algún amigo bichito que habitaba en la fruta que nosotros pretendíamos almacenar. Pero cuando miramos hacia abajo, pudimos ver cómo un pequeño duende se alejaba rápidamente por el camino... ¡y se llevaba todos los frutos que habíamos recogido! En ese momento, sin pensárnoslo ni un segundo, mi hermana y yo echamos a correr detrás de él. ¡Menuda cara, toda la mañana trabajando como locos, y ahora ése se largaba con todo! Como iba tan deprisa, al pequeño ladronzuelo se le iban cayendo los frutos por el camino, y sin darse cuenta nos iba dejando su rastro en el suelo. Vera, que tiene unas alitas muy ligeras, se adelantó en la carrera y logró alcanzarle. De un salto le derribó, y los frutos, todo el trabajo de una mañana, rodaron por el suelo hasta caer en un enorme charco.

¡Eres un caradura! ¿Por qué no trabajas, como todo el mundo?, le espetó mi hermana, que echaba chispas por las antenas.

Nuestro ladronzuelo se echó a llorar.

Lo siento, de verdad..., os lo devolveré todo.

A pesar de la rabia que me había dado, sus lágrimas hicieron que un nudo en la garganta me impidiera reprenderle. Era un duende más pequeño que nosotros, mucho más. Tendría, como mucho, 150 años y vestía muy raro. En realidad, iba bastante sucio y su ropa era normal, pero estaba toda rota. Se acercó al charco y, sin dudarlo, se metió dentro y nos sacó uno a uno todos los frutos que habíamos recogido. Mi hermana y yo estábamos boquiabiertos.

Te perdonamos —le dije yo—, pero no lo vuelvas a hacer. Robar es algo terrible. Si necesitas algo, no tienes más que pedirlo. Los duendes nos ayudamos entre todos, ¿no?

El pequeño no dijo nada, se fue corriendo y se perdió entre los árboles. Aquella noche, en la cama, me quedé mucho tiempo pensativo. ¿Quién era ese pequeñajo? ¿Cómo es que no sabía que siempre que necesite algo sólo tiene que pedirlo y entre todos le ayudaremos?

Por la noche, mientras cenábamos, no pude aguantar más y lo conté en la mesa. Mis padres y mis abuelos me escucharon muy atentos: ¡Y claro, yo le perdono y lo olvido, pero..., ¿y si mañana hace lo mismo?

Entonces, mi abuelo, que siempre tiene historias para todo desde aquel viaje a tierras lejanas donde conoció a Jesús, y a nuestro Padre del cielo, del que siempre nos habla, nos dijo a Vera y a mí:

Escuchad, en el viaje en el que conocí a Jesús, aprendí, entre muchas otras cosas, que hay que perdonar siempre. Yo le seguía a todas partes, y al igual que yo, lo hacían muchos humanos, que se quedaban quietos, muy quietos, escuchándole, porque hablaba de amor como nadie lo había hecho antes. Le quería mucha gente a la vez que muchos poderosos se la tenían jurada porque no comprendían cómo podían seguir de esa manera al hijo de un carpintero, pobre y desconocido. Pero Él quería siempre a todos, y más a sus enemigos, que es bien difícil. Bueno, pues, una vez, le oí decir: tu hermano te ofende, repréndele, y si se arrepiente, perdónale. Si te ofende siete veces al día, y siete veces vuelve arrepentido, diciendo "No lo vuelvo a hacer más", perdónalo.

Nadie dijo nada más a lo largo de la cena. Las antenas de Vera se inclinaron hacia abajo como si estuvieran mustias, y yo sabía qué estaba pensando. Posiblemente se arrepentía de haber gritado al pequeño duende. Y yo, por mi parte, me arrepentía también de no haber sido capaz de acercarme. Sí, había sentido vergüenza y pena, pero no le había hablado casi. Además, iba tan sucio...; ¿qué problemas tendría para tener que robar?

Al día siguiente, nuestra labor fue recoger arándanos. Iba con mi hermana y con otros dos amigos y decidimos separarnos para buscar más rápido. Yo me metí en un sendero un poco oscuro y lúgubre. Pero la verdad es que allí no había arbustos. Por no haber, casi no había vegetación, y deduje que era por la oscuridad de aquel sitio. Pronto comencé a sentir miedo y quise darme la vuelta. Pero algo me frenó. Oía voces, y no era mi imaginación. Me puse a caminar en la dirección de las voces y, de repente, me espeté contra una pequeña cueva. La voz me era familiar, así que seguí adelante y me encontré con la escena más bonita que había visto hasta entonces. El pequeño duende ladronzuelo estaba acurrucado en el suelo y parecía dar calor a un bulto que tenía encima muchas mantas. Me adelanté y él me vió. No dijo nada, pero estaba llorando, y sus lágrimas hacían unos enormes surcos marrones en su cara, porque la tenía muy sucia.

¿Quién es?, le pregunté.

Mi madre, respondió.

Me acercé y ví a una joven duende de aspecto delicado. Estaba durmiendo en el suelo de la cueva y tenía entre sus brazos a un recién nacido. Cuando me contó su historia, me quedé de una pieza. Venían de muy lejos, buscando un lugar donde vivir porque el bosque donde vivían se había incendiado y no tenían árboles. Su padre había muerto por salvarles a ellos, a su familia, y su madre había dado a luz en la cueva. Me quedé con ellos un buen rato. Hablamos mucho, muchísimo, y les convencí para que pasasen la noche en mi casa hasta que tuvieran un árbol propio.

Fue un encuentro inolvidable. Y tampoco olvidaré la importancia del perdón. Nunca sabemos las circunstancias en las que una persona hace algo malo. Así que me prometí a mí mismo que intentaría escuchar siempre un poco más.