RetrocesoA&ONº 230/19-X-2000SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Leo en un diario madrileño: Es terrible pensar que la causa de la brutal intransigencia entre israelíes y palestinos está, en último término, no en el amor a la tierra o a la patria, sino en el amor a Dios, visible sobre todo en las injurias teológicas que respectivamente se infieren. No es verdad. No sé por qué tengo la impresión de que a los halcones israelíes y a los de la Intifada, la teología les trae más bien al fresco, y lo que verdaderamente les mueve e interesa es un pedazo de tierra en la que poderse ganar el pan de cada día, y si es posible algo más que pan, mejor. Desde luego, la causa de esa brutal intransigencia, como de cualquier otra —leáse terrorismo etarra y toda otra forma de irracionalidad— no puede estar nunca, y no está, en el amor a Dios. En todo caso, estará en el desamor.

No hace mucho Maruja Torres firmó en El País una columna titulada Sin piedad, en la que decía cosas maravillosas: por ejemplo, que la nueva Pietá es un africano que camina por la playa de Tarifa con un compañero de desdicha en brazos, o que la nueva Dolorosa es un palestino que asiste desesperado a la agonía del hijo. Maravilloso, ya digo; otra cosa bien distinta son algunas de las consideraciones que la flamante premio Planeta 2000, en línea con su más acreditado resquemor contra todo lo que signifique religión, Iglesia, fe, añade en esa columna: por ejemplo, al hablar de la agonía del hijo del palestino, escribe: A quien no verá resucitar, ni al tercer día ni nunca. Se engaña Maruja Torres. Si tuviera la suerte de gozar de la esperanza cristiana, que yo desde luego le deseo y que tanto parece necesitar, esperaría firmemente que ese padre verá resucitar a su hijo, y que resucitará él también. Está muy bien el título que le ha puesto a su columna: Sin piedad, pero es lamentable —y, por cierto, también bastante sospechoso y revelador de lo que Maruja Torres entiende por piedad— que en esa columna, como en todo lo que escribe, se le haya olvidado cada uno de los miles de niños inocentes que son víctimas del aborto programado, y los millones de seres humanos que, apenas concebidos, son objeto de manipulación intolerable, en aras de un pretendido progreso científico que es, sin embargo, el más insufrible de los retrocesos a la ley de la selva y del más fuerte. La piedad, como la libertad, como la vida, como el amor, es indivisible, no selectiva, para unos sí y para otros no. O, si no, no es piedad, sino demagogia de la más barata y cutre.

Como era de esperar, los españolitos de a pie, que tienen la mala costumbre de tragarse todo lo que les echen en televisión, han empezado a darse cuenta —más vale tarde que nunca— de que algunos programas que son lanzados a bombo y platillo como el no va más del entretenimiento y del interés humano, en realidad aburren a las ovejas. Fueron muchos los que se tragaron el camelo del tristemente famoso Gran Hermano, pero, por lo visto y oído, remedos de aquel programa como El Bus, que ofrece Antena 3, no están consiguiendo la aceptación masiva y gregaria que sus avispados programadores esperaban. Y es que se puede engañar a muchos durante algún tiempo; se puede incluso engañar a alguno durante todo el tiempo; pero engañar a todos durante todo el tiempo no se puede. Como muy bien argumentaba Cáritas diocesana de Zaragoza al rechazar el donativo de ese programa, si bien puede ser reflejo —bien triste reflejo, por cierto— de una parte de la sociedad actual, no ayuda al cambio social de actitudes y estructuras por el que esta institución apuesta con su trabajo, junto a empobrecidos y excluidos. ¡Bien, por Cáritas diocesana de Zaragoza! Si todas las instituciones y cada uno de los potenciales televidentes razonara y actuara con la misma coherencia, otro gallo, con un kikiriquí más limpio y digno, nos cantaría a todos, y los listos de la tele —nadie da lo que no tiene— tendrían que dedicarse a otra cosa.

Gonzalo de Berceo

Hace mucho tiempo que sabíamos que Salvador Pániker tiene una idea de la religión self-service, es decir, a su peculiar gusto y capricho; pero hasta ahora no se había atrevido a decirlo públicamente. Ahora acaba de declarar: Cada cual debe inventar su propia ideología, su religión a la carta. Pues, ¡qué bien!, ¿no? ¿Se imaginan ustedes lo que sería este mundo si cada cual pensáramos como este señor? Otro que tal baila es Baltasar Porcel, que escribe —sin haberla leído, claro, ¡hasta ahí podíamos llegar!— sobre la declaración Dominus Iesus a la que califica de tremendo documento, significativamente titulado "Dominus Iesus". ¿Y dónde está lo tremendo y lo significativo? Habrá que aconsejarle al cardenal Ratzinger que otra vez, antes de titular un documento, le pregunte a don Baltasar Porcel. No te digo lo que hay... A gente así es inútil explicarles la realidad de las cosas. Hace tiempo que han cogido su particular perra, rancia y repleta de prejuicios, y no hay quien se la haga soltar. Pocos textos tan serios y responsables como la Dominus Iesus para desenmascarar el pavoroso relativismo rampante de nuestros días, en los que hemos llegado a que alguien que se dice jesuita y periodista, y que al parecer está tan lejos de lo uno como de lo otro, lamente la beatificación conjunta de Juan XXIII y de Pío IX, y califique a éste último como hombre duro y tan discutible que animó la formulación de la infalibilidad pontificia, tan peligrosa para el futuro. ¿Para el futuro de quién? Pero ¿los jesuitas no tenían un cuarto voto de obediencia específica al Papa?

¡Hay que ver el número que han montado algunos sobre un pretendido exorcismo que recientemente habría realizado el Papa en la plaza de San Pedro, y en el que, según ellos, habría estado luchando ¡durante media hora! a brazo partido con el demonio, que habría acabado por no hacerle caso! Si uno se toma la elemental molestia de contrastar mínimamente las informaciones que llegan, se entera fácilmente de que el diario radical de izquierdas romano Il Messaggero poco menos que montó esa movida, y que lo que ocurrió en realidad no fue otra cosa que el Santo Padre atendió un instante a esa persona enferma y a sus familiares, rezó un Padrenuestro con ellos y les dio la bendición, como normalmente ocurre en cada audiencia a los peregrinos cientos de veces al año. Así que ni echó ni dejó de echar al demonio, ni éste se le resistió ni dejó de resistírsele, ni hubo tal exorcismo más que en algunas mentes calenturientas. En cambio, ha habido estos días una noticia preciosísima que aquí no he visto recogida por ninguna parte: Omri Jedda, un palestino, en un acto heroico de altruismo extremo, ha dado su vida para salvar a un niño hebreo que se ahogaba. Ha ocurrido en Jerusalén. Estas cosas pasan, pero aquí —¡qué desgracia, qué le vamos a hacer!— se publica lo de Arzallus y lo del exorcismo.

Gonzalo de Berceo