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En el cristianismo todo tiene la medida de Cristo. Todo se mide por Él y desde Él. Él lo sustenta todo, lo invade todo y da plenitud a todo. Él es la medida de su Reino, de su ley y de la misma salvación que ofrece a los hombres. Fuera de Él, nada de lo cristiano se sostiene. Por eso, cuando Santiago y Juan le piden sentarse a su derecha e izquierda en su gloria, Jesús les dirige una pregunta sobre su relación con Él. Les interroga por su capacidad de unirse a Él en la Pasión que deberá sufrir y que momentos antes había anunciado. Jesús beberá el cáliz de la ira de Dios contra el pecado de los hombres y será sumergido bautizado en el océano de la muerte. La gloria que buscan los hijos de Zebedeo se trastoca, en labios de Jesús, en una oferta de sufrimiento y de muerte en unión con su Maestro. Para entrar en el Reino de Jesús es preciso entrar por Jesús, que es la puerta, unidos a su destino. Ésta es la ley que rige en su Reino.
Si prestamos atención al evangelio de este domingo, Jesús examina de amor a Santiago y a Juan, como hará con Pedro en el lago de Tiberíades. Quien ama de veras sólo desea participar en la vida y en el destino de la persona amada. Jesús les pregunta por esa capacidad de amar que es la única condición para ser grande en su Reino y gozar de su compañía. Les pregunta por su disposición para beber su cáliz y recibir su mismo bautismo. No hay mayor oferta que ésta, ni mayor reto para quien ama: participar en el mismo destino de Cristo. En comparación con esto, el puesto a la derecha y a la izquierda pierde relieve y transcendencia. Al amor le sobran condiciones. ¿No es esto lo que hizo Jesucristo? ¿No abandonó Él la gloria del Padre, el lugar del Hijo preexistente, para tomar la forma de siervo? ¿No se anonadó renunciando a sus títulos, derechos y privilegios para asumir la condición de esclavo? En aquel momento, el de su Encarnación, Jesús puso definitivamente las bases de un Reino que nada tiene que ver con los reinos de la tierra. De ahí que este Reino, presente ya entre nosotros, no vive ni se desarrolla ni triunfa independientemente de Jesús y de la unión con Él. Este Reino vive de la entrega de Cristo y de su servicio que consiste en dar la vida por los hombres. El cáliz y el bautismo son las señas de identidad. Por eso los que quieran ser grandes y primeros en este Reino deben seguir el ejemplo de Cristo y situarse en el último puesto, el del siervo y esclavo, para tener el privilegio de imitar en todo a su Maestro y de amar como lo hizo Él. + César Franco |