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Carta de una madre a los embriones
Mis muy queridos pequeños:
La firmante, Isabel Viladomin Olivé, es licenciada en Piscología, Máster en Bioética y Derecho, y Presidenta de la Asociación Catalana de Estudios Bioéticos
Siento enormemente que el avance tecnológico y la visión que algunas personas tienen de vosotros os sitúe en la palestra de un importante debate político, social y científico que pide la legalidad para produciros en el laboratorio y posteriormente poderos destruir para utilizaros como tratamientos para curar a personas enfermas. Os debo confesar que no soy bióloga, pero me esfuerzo para indentificaros cuando los expertos hablan de la fase de desarrollo en que os encontráis: mórula, blastocito o trofoblasto, y poder entender mejor lo que se dice de vosotros. Algunos dicen que estas expectativas de curar con vuestras células están a años luz, y que hay más intereses económicos en juego que verdades científicas. Pero el hecho es que de nuevo sois un signo de contradicción que genera posturas enfrentadas entre los que clamamos que sois humanos y los que niegan vuestra pertenencia a nuestra especie.

Todo empezó por los años 50, cuando se pensó, vio y fue técnicamente posible manipular vuestra vida en el laboratorio, poniendo en contacto un óvulo y un espermatozoide, dando lugar a las técnicas de reproducción asistida que os han generado a todos vosotros. Ha sido necesario crear un término nuevo, no sé si entenderéis esto, el de pre-embrión, para aquellos que todavía no habéis alcanzado los 14 días de vuestra presencia en nuestro mundo, para que bajo el amparo de la Ley Civil se os pueda manipular sin dolor allá dónde más nos duele a los humanos: la conciencia. A los que sobráis, para transferiros al útero materno, os introducen en el congelador, para teneros de repuesto como si de judías verdes para consumo se tratase. Os han puesto en un lugar que no os corresponde: el congelador de nitrógeno líquido a -196º, en vez del lugar cálido y seguro del útero de vuestra madre. Tenéis que pensar que nadie sabe a ciencia cierta cuál es la mejor solución a vuestra situación congelada y que mejor corresponda a vuestra dignidad.

Siempre he pensado que el problema se ha generado por desearos y encender vuestra vida sin contar con papá y fuera de mamá; sin quereros uno a uno, como hace la naturaleza, y no de 10 en 10, como hace la técnica. Os generaron para ser hijos suyos pues ¡es tan fuerte el deseo de teneros! que lo oscurece todo, saltándonos las reglas de respeto que todos nos debemos. Hoy, quien quiera, ya puede entender dónde está la raíz de nuestro y vuestro problema: la extracción y manipulación de los gametos de nuestro cuerpo, pues con ellos os generamos como hijos. La técnica ha roto la profunda conexión entre el amor y la generación de la vida provocando la situación de indefensión en la que os encontráis.

Esperaba que la lectura del genoma solucionara, de una vez por todas, vuestro problema de identidad, pues apuntaba a corroborar la identidad genética exclusiva de cada uno de vosotros y la nuestra, pero no ha sido así. Este nuevo avance sólo ha servido a la carrera de la industria biotecnológica y para seleccionaros entre vosotros, pues unos sois los sanos y otros los posibles portadores de una enfermedad. También se os selecciona por un criterio que no consigo entender, por más vueltas que le dé, y es el de viabilidad, pues un ser vivo está vivo o está muerto, pero ¿qué significa viable? Quiero explicaros que tengo una hermana de las que quizá hoy no se le hubiera permitido vivir, que pertenece a los no queridos o portadores de defectos congénitos, que no ha podido desarrollar su inteligencia pero sí su capacidad enorme de querer; ante lo que me pregunto: ¿qué vale más, la inteligencia sin corazón, o el corazón sin inteligencia? Me decanto sin dudar por un corazón verdadero, porque detrás de tanto desarrollo y manipulación ya nadie quiere veros como seres humanos desde el inicio de vuestra existencia. Este re-conocimiento que propongo les obligaría a parar de produciros.

Estamos en unos años en que la manipulación en el inicio de la vida ha cambiado profundamente, por no decir anulado, el sentido maravilloso de la sexualidad humana. Os quiero explicar que de joven, algo más de lo que soy ahora, no entendía el porqué se desaconsejaba la anticoncepción, pero llamé, busqué y encontré el sentido que hay detrás de toda vida humana y de la relación conyugal. Nuestra condición de humanos requiere siempre esta búsqueda. He de deciros que esta nueva forma en la que os veo, tan alejada de la mayoría, me hace sufrir, ya que soy mujer y madre, pero me ha enseñado el respeto debido a todos y a cada uno de los hombres sobre la tierra, ya sea un embrión o un agonizante.

He estudiado, leído y hasta he cursado uno de estos masters maratonianos en horas que te dan el título de especialista en Bioética, pero quiero confesaros que hoy nadie tiene la valentía de reconocer en un grupo de células el mismo inicio que hemos tenido todos. En estos foros de especialistas campa a sus anchas la ausencia total de sentido común en los razonamientos que esgrimen para poder hacer lo que quieren con vosotros; no quieren atender al conocimiento actual y dicen que es un asunto de moral religiosa, ¡como si de la relación conyugal en todo el mundo no nacieran niños! A mí también me rechazan, como a vosotros, porque soy molesta a sus ideas, en mi caso por una maternidad asumida libremente y con plena conciencia de que mis hijos me han regalado lo que me gusta llamar el doctorado de la vida, quizá más sensato que cualquier cátedra académica. La ciencia, queridos, deberá responder seriamente a vuestra condición de humanos tarde o temprano, y con ello ganaremos todos en humanidad y respeto, que falta nos hace.

Quiero hablaros, para acabar, del camino nada fácil y exigente que requiere, no sólo encargaros, sino daros todo lo que un niño merece, y no hago referencia solamente a las cosas materiales que necesitáis, sino a la ayuda que todos hemos recibido para llegar a ser lo que somos y que también la quiero para vosotros. Me comprometo a seguir hablando de cómo os veo y en dónde me gustaría que fuéramos todos concebidos, aunque a veces resulta duro enfrentarse a una mayoría tan terca. Me consuela conocer que ante vuestra destrucción, en estas fases tan tempranas, no sentís dolor, pero me duele que os traten como cosas o productos, y, más aún, me duele que la defensa de la vida física de cada uno de vosotros se atribuya a creencias personales, como si ésta, la vida, no fuera el principio rector de la pertenencia a lo que llamamos Humanidad.

Con mi más cordial afecto,

Isabel